Control integrado: a medio camino entre dos mundos antagónicos

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Por Víctor Bataller Gómez (TRABE)

Plaga de araña en cannabisPlaga de araña en cannabis

A lo largo del siglo XX, dos hechos históricos marcaron el actual marco de la producción agraria mundial: por un lado, la aparición de un gran número de descubrimientos en la rama química y biotecnológica destinados a aumentar los rendimientos agrarios que marcarían la evolución hacia la revolución verde, y por otro lado la aparición de corrientes científicas que pondrían en entredicho la conveniencia de este tipo de prácticas. En esta búsqueda de nuevas alternativas para una correcta armonización entre el acto de cultivar y el respeto al medio ambiente, nace el Control Integrado, una filosofía de producción que la FAO definió ya en el año 1967 como el sistema de manejo de plagas que, en el contexto del medio ambiente y la dinámica de las poblaciones de las especie que en él habitan, utiliza todas las técnicas y métodos apropiados de la manera más compatible posible entre ellas y mantiene la población de las plagas a niveles inferiores a los que causarían daños económicos.

En muchas ocasiones, al cultivo integrado se le confunde con el cultivo ecológico, y nada más lejos de la realidad; no sería erróneo afirmar que está mucho más próximo a la producción con métodos químicos y biotecnológicos que a la producción ecológica o alternativa.

El control integrado de plagas consiste en usar productos fitosanitarios, tanto de naturaleza ecológica como de síntesis química, sólo cuando las poblaciones de insectos perjudiciales para el cultivo alcancen lo que se define como “nivel de daños económicos” o, lo que es lo mismo, cuando no quede otro remedio. Este término fue acuñado a mediados del siglo pasado y consistía en disponer de criterios económicos para el control de las plagas. Hasta ese momento el control de plagas se basaba únicamente en el uso de pesticidas, pero la aparición de nuevos factores limitantes en el uso de éste tipo de productos y que pasamos seguidamente a enumerar puso en entredicho el uso exclusivo de los mismos:

– Fenómenos de resistencias: gran parte de los insecticidas que se vienen usando y que se usaban hasta hace no mucho actúan a nivel de “flancos genéticos”, es decir, la estructura molecular de la materia activa es muy similar a la estructura de algunas de las enzimas fundamentales para completar uno de los muchos ciclos biológicos esenciales para el insecto; esta enzima, para comenzar su labor en ocasiones debe acoplarse a un determinado gen que suele ser específico. Por lo tanto, la materia activa de un producto químico de síntesis al simular la estructura química de esa enzima puede acoplarse a dicho gen y como consecuencia impide que la enzima en cuestión comience su misión provocando la muerte. Pero con él tiempo la simplicidad metabólica de los insectos les ha permitido mutar en muy pocas generaciones formando genes nuevos con la misma afinidad por la enzima en cuestión y nada vulnerables con la materia activa de origen químico que hasta la fecha veníamos usando, por lo que ya no es útil. Este hecho puede incluso potenciarse principalmente por tres factores:

– aplicar de forma repetida un mismo producto

– usar en las dosificaciones cantidades superiores a las recomendadas

– emplear los pesticidas en condiciones medioambientales muy limitantes como puede ser con excesivo calor

– Aparición de nuevas plagas: ya hemos hablado largo y tendido de los depredadores y parasitadores naturales que aunque no eliminen en su totalidad mantienen en un nivel aceptable las poblaciones de otros insectos que necesitan como sustento. Pero la utilización de pesticidas de acción sistemática puede suponer que esos depredadores naturales desaparezcan y que los insectos que hasta ese momento mantenían a raya, a partir de entonces se conviertan en un problema. Además, otros factores que se han intensificado a lo largo del siglo XX, como el transporte de mercancías entre las distintas regiones del planeta y el cambio climático, también han favorecido este cambio.

– Aumento de los costes de control: el uso de este tipo de productos ha supuesto un alivio importante para el cultivador al principio, por lo que no ha sabido durante muchas décadas completar el ciclo de sus cultivos sin su uso de forma continuada; esto supone una dependencia total de los mismos que, como fruto de años de investigación, vienen acompañados de unos costes muy elevados que se pueden mantener durante décadas sin problemas gracias a la legislación vigente sobre patentes y marcas. Un ejemplo: la “abamectina” es un acaricida químico descubierto por la compañía suiza Syngenta Agro y posteriormente comercializado con el nombre de “VERTIMEC”. Este producto llegó a costar más de treinta mil de las antiguas pesetas al agricultor, pero tras caducar el periodo de aprovechamiento de la patente, nuevas marcas con la misma “abamectina”, pero de otras firmas comerciales, cuestan en torno a los veinte euros en la actualidad. Ante estos hechos solo cabe una evidencia: las empresas y multinacionales farmacéuticas defienden el derecho de patente sobre sus descubrimientos porque invierten mucho dinero en desarrollarlos, pero realmente quienes han invertido económicamente en ese descubrimiento son los consumidores que han estado pagando un sobrecoste durante veinte años, o ¿es que los formulados que se venden a precios muy inferiores tras dos décadas de patente no son rentables?

Según los principios del Cultivo Integrado, hay que intervenir cuando sea aconsejable para la rentabilidad de la producción usando insecticidas ecológicos o químicos, y mientras tanto utilizamos las técnicas que sean más eficaces para mantener las poblaciones de plagas por debajo de densidades económicamente no perjudiciales.

Fue a partir de aquí cuando se empezó a profundizar más sobre los conocimientos del medio ambiente y de los ecosistemas en los cultivos, el correcto uso de las prácticas culturales, el uso de insectos “beneficiosos”, etc. Pese a que ha sido un proceso más lento que el “boom” experimentado por los pesticidas químicos a principios del siglo pasado, en la actualidad se ha convertido en una realidad más que viable; de hecho, es tal la preocupación a este respecto que, en las valoraciones económicas de las explotaciones agrarias, el uso de productos químicos de forma exclusiva supone un coste adicional por sus efectos contaminantes, por sus efectos en contra del consumidor, etc., todo lo cual repercute de forma negativa sobre el valor real del cultivo y la rentabilidad de la producción.

Las crisis energéticas que suceden en la década de los setenta repercuten en el precio de los productos, y en especial en los pesticidas. La llamada “revolución verde” empieza a cuestionarse, y por primera vez el concepto de optimización supera al de maximización, por lo que la producción entra en un terreno más global y se plantea la siguiente consideración: de qué ha servido producir más, si el 80% de la población mundial debe repartirse el 20% de los recursos, y el 20% restante de la población disfruta del 80% del total de esos recursos.

Cuando en la década de los ochenta comienza la etapa de la superproducción en el mundo occidental, primero se plantea para los alimentos básicos, luego para los menos básicos y por último para los considerados de lujo, y en los tres casos lo que importa es producir mucho sin cuidar la calidad. Optimizar los cultivos en función de la calidad es ya una realidad, y hace que se convierta en una actividad más dinámica en busca de la salubridad del cultivo. Es a partir de entonces cuando ya es un aspecto productivo totalmente reglado y legislado, sometido a estrictos controles en el lugar de cultivo y en el punto de destino final. En la actualidad existen numerosos sellos de certificación a éste respecto que garantizan nuestro consumo.

La Producción Integrada se fundamenta en numerosos conocimientos que las comunidades rurales han aportado a la humanidad y a sus generaciones futuras, como ejemplo de que productividad agraria y respeto al medio ambiente son dos términos que no deben estar enfrentados.

Técnicas culturales

Rotación o intercalar cultivos: el hecho de emplear la técnica del monocultivo favorece la implantación de las plagas, por lo que si incorporamos cultivos totalmente distintos al que predomina conseguiremos alterar el hábitat idóneo de estas.

Plantas atrayentes o plantas huésped: de la misma forma podemos inducir a las plagas a poblar una zona alejada de nuestro cultivo incorporando plantas que le supongan un atractivo especial; por ejemplo, las orugas de tierra tienen una especial predilección por el maíz, la mosca blanca por las judías y los trips por el pimiento.

Plantas repelentes: plantas como el toronjil son grandes repulsivos para los gatos y los perros, el ajo para los insectos chupadores, los roedores y las aves, etc. En la actualidad existen insecticidas que basan su acción en el efecto de repelencia y que demuestran una gran eficacia.

Otras técnicas de expulsión: el productor, en sus muchos años de experiencia y observación, ha sacado de su propio puño y letra mecanismos de protección, desde el característico espantapájaros con cascabeles, hasta otros más novedosos como la colocación de CDs suspendidos en el aire por unos hilos contra pájaros y mariposas, la colocación de neumáticos usados rodeando el tronco de las plantas contra roedores, o el empleo de artilugios que emiten un golpe seco y atronador que simula un disparo de escopeta contra todo tipo de animalitos de campo.

Plantas adventicias o malas hierbas

La tendencia de todo cultivador es limpiar su parcela de malas hierbas, aunque algunas de ellas sean refugio de depredadores y parasitadores naturales, como es el caso del hinojo, el brezo o ciprés en los setos; de todas maneras, antes de eliminar las malas hierbas hay que informarse primero de sus beneficios, y en caso contrario, ante la duda, eliminarlas ya que suelen ser refugios de plagas.

Mecanismos de autodefensa

La naturaleza ha puesto a disposición de las plantas mecanismos de defensa que les permite protegerse de los posibles ataques de hongos, bacterias, virus e insectos; incluso el hombre ha conseguido aprovechar de estas plantas aquellos extractos que luego pueden ser utilizados en otros cultivos; en otros casos, por polinización cruzada o forzada, se pueden obtener ejemplares con resistencias, o como mínimo cierta tolerancia a esos ataques. En relación con esto último, merecen una mención aparte las mutaciones genéticas y las clonaciones, que no tienen ningún parecido con este tipo de polinización forzosa y que trataremos en futuros artículos.

Mecanismos de atracción y monitoreo

Los insectos han desarrollado mecanismos para favorecer la reproducción de la especie, con la emisión, por parte de la hembra, de señales olfativas que permitan al macho llegar a donde está ella. Los investigadores con el tiempo han aislado esas sustancias y las han conseguido sintetizar, para que sirvan de método de atracción hacia una trampa donde son capturados y hacer impedir la cópula.

También se emplean este tipo de formulados para la técnica de confusión sexual: se diseña un reparto de difusores de celulosa que generan en el ambiente un exceso de atrayente, por lo que el macho confundido no consigue completar el proceso, ya que su vida sexual es muy limitada y durante ese tiempo no es capaz de orientarse.

También la atracción se produce con el empleo de placas adhesivas de color amarillo o azul que son confundidas con flores por los insectos.

Todo esto precisa del cultivador una mayor dedicación y profesionalización; debemos ser conscientes de que partimos de:

– conocimientos insuficientes

– una predisposición a producir cuanto más mejor, sin mirar la calidad

– excesiva comodidad, puesto que actuamos sólo cuando el problema ya es considerable

– escasa preocupación por los problemas que no vemos, como la contaminación de productos, de acuíferos o del aire.

Esto es lo que se pretende corregir con el cultivo integrado, pero sin renunciar al uso de productos contaminantes cuando sea necesario o imprescindible.

Para ello disponemos, además de todo lo enunciado hasta el momento, de un ejército completo de insectos que depredan y parasitan a muchos de los enemigos de nuestros cultivos. Son los integrantes de nuestra “fauna útil”, aunque más correcto es el término “fauna auxiliar”. Veremos los más importantes en los dos próximos artículos.

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