El Cultivador 1
70 Pensamiento Psicodélico resultar elegido sin pertenecer a esos mundos y proviniendo del academicismo occidental. Esto provocó considerables recelos en aquellos que dedicaron años de sus vidas a convivir en comu- nidades yaquis o con brujos yaquis sin haber escuchado ni observado, jamás, nada parecido a la experiencia relatada por Castaneda. El propio Marvin Harris, an- tropólogo con tendencias socio- lógicas de muchísimo prestigio, dedicó un capítulo de su famoso libro Vacas, cerdos, guerras y brujas de 1974, a criticar el trabajo de Castaneda, conside- rándolo “un trabajo de poca calidad (…) sin alcanzar, en ningúnmomento, la objetividad necesaria para el ejercicio de un investigador”. Llegando incluso a llamar a Don Juan tecnócrata. La primera vez que leí estas afirmaciones me provocaron una inevitable, escueta y con- descendiente carcajada. Es tan encorsetado el mundo científi- co que, difícilmente, podrá pasar por el aro del empirismo algo como lo que tenemos entre manos. Por aquellos tiempos, los antropólogos dedicaban muchísimo tiempo de su trabajo a tratar de presti- giar su ciencia y a la búsqueda de métodos empíricos que les permitiera posicionarse a la altura de la sociología. Muchas veces, la validez científica era un criterio más válido que la investigación subjetiva de calidad, finalidad que tendría que prevalecer sobre cualquier otra cosa en su campo. Es difícil hablar de antropolo- gía sin asirse, con fuerza y cabe- zonería, al individuo y a la subjetividad y, sin duda, en Castaneda, hallamos ambas condiciones. Aunque también debemos tener en cuenta que no vamos a leer un tratado antro- pológico al uso y sí, inevitable- mente podemos encontrarnos ante incongruencias o, al menos, ante juicios complejos y hasta indescifrables. También podemos denotar lo que algunos críticos llamaron “carácter literario” pues la obra es entretenida, apasionante en muchos momentos, haciendo una justicia parcial al tema que trata y distanciándose, una vez más, de los tratados aca- démicos. Otros personajes que dicen haberlo conocido, como Jodorowsky o Leary, tampoco plantean una imagen positiva de él, describiéndolo como un advenedizo. Sus discípulos ar- gumentaron, posteriormente, que esto no es más que la estra- tegia social de cualquier brujo, que no se expondrá, nunca, al juicio del “hombre mundano”, SER incapaz de mesurar su percepción del mundo. Resulta inverosímil, sin duda, encajar a Castaneda en el contexto mediático de Leary o en el occidental, bohemio, polifacético y con- sumista del, al fin y al cabo, grandísimo Jodorowsky. La verdad, encuentro más con- secuencia que oportunismo en el hecho de que Carlos Castaneda nunca haya querido formar parte del mundo mediático y consu- mista en el que se halla la sociedad occidental, pues sería una traición hacia todo lo que expresa en sus libros. Tan sólo mencionar a otro par de autores, que también considero críticos a resaltar, puesto que ambos se beneficia- ron, abundantemente, del nombre de Castaneda para po- pularizarse y recibir considera- bles beneficios por sus obras, dedicadas exclusivamente a la crítica y puesta en evidencia de las contradicciones del antro- pólogo: Richard de Mille y Jack Courtney Fikes. Hay muchísimos más ejemplos y anécdotas, como la de que cuando sus discípulos preguntaban sobre la imposi- bilidad de que les contara anécdotas en compañía de Don Juan en momentos y lugares donde no podía haber estado, dado lo escrito en la tetralogía arriba mencionada, él siempre respondía que podía estar en ambos lugares simultáneamente (al igual que Don Juan) debido a su condición de brujo; o la una y otra vez repetida declaración de Albert Hoffman sobre la experiencia que Castaneda relata en sus libros, aseveran- do su imposible personifica- ción en el autor y especulando sobre la descripción de sus estados fundamentándose en testimonios de otras personas, puesto que, para Hoffman, cualquier persona experimen- tada en esas sustancias no puede encontrar una relación directa entre los escrito y sus propias experiencias. Aquellas personas que hemos experimentado el efecto de estas sustancias en diferentes circunstancias, mo- dificando considerablemente el lugar, las personas que nos rodean y nuestro estado psi- cológico podemos entrever la inmensa variedad de posibles viajes que experimentaremos. Dejando de lado la simplista diferenciación de “mal o buen viaje”, podemos explorar estados de la conciencia com- pletamente diferentes que, siendo la misma sustancia en similares dosis, nos transpor- ta a lugares incomparables entre sí. Liberadoras, más lúdicas e intrascendentes; viajes no comunicacionales destinados a lo más profundo de la existencia; un baño, una limpieza de arquetipos de comportamiento, compren- sión y conducta o un horrible paraje, desolado y aterrador, son sólo algunos ejemplos. Es arriesgado intentar comparar lo que nosotros hemos experimentado con lo que Castaneda describe bajo la guía espiritual de Don Juan, incluso, con lo que nosotros mismos sentiríamos si pudié- ramos disfrutar de dicha tutela. Las incongruencias que una y otra vez se señalan, a mi parecer y al de otros muchos, son inevitables dado que el autor se empeña en transmi- tir dicho testimonio bajo la
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