El Cultivador 1

72 Pensamiento Psicodélico sombra de la pretensión científica. Creo, sinceramen- te, que debe ser sumamente difícil concebir el tiempo desde una perspectiva mesurable y metódica como la occidental mientras estás inmerso en un viaje de cambio y modificación de la percepción como el descrito por Castaneda. Fue esa pre- tensión científica o, al menos, el empeño del autor por enmarcarla dentro de ciertos cánones científicos (que le permitió presentarla como tesis doctoral) la única traición que podemos percibir hacia la nueva con- cepción del universo que Castaneda adquiere, provo- cando, en algunos casos, in- evitables incongruencias. Debo advertiros que el viaje por el que Castaneda nos guía a través de su tetralogía es, a veces, confuso y extremada- mente complejo, pero también es, y en este caso siempre, un camino hacia el dominio del mundo de los sentidos, el control mental, la capacidad de provocar, en uno mismo, “estados de la con- ciencia aumentada” sin ni si quiera recurrir a ningún enteógeno. Pudiendo compa- rarse estas doctrinas a otras mucho más prestigiadas, como el Budismo. Durante los dos primeros libros Don Juan enseña a Carlos a alcanzar esos “estados de conciencia aumentada” mediante el uso de una de las “Plantas de Poder”. Cada brujo tiene una “Planta de Poder” y debe ser él mismo quien se reconozca en esa planta. Las posibilidades que su maestro le ofrece son el toloache (“La hierba del diablo” o estramo- nio), el peyote y los hongos psylocibes. Una vez superada esta primera fase, donde el individuo ha sido capaz de reconocer los mencionados “estados de conciencia aumentada” y ha elegido su “Planta de Poder”, Castaneda dedica otros dos libros a dis- tanciarse del uso del enteógeno y sumergirse en las prácticas necesarias para alcanzar estos estados mediante diferentes técnicas enseñadas por el indio. Los libros están narrados en primera persona, compar- tiendo explicaciones de los procesos y las percepciones del autor, arrojando fechas, en ocasiones sumamente concretas, y plagados de diálogos. Recuerdan, inevitablemente, a los libros de la tradición filo- sófica griega, donde el discípulo usa los diálogos con su maestro para transmitir, de la única manera mediana- mente viable (especialmente en el caso de Castaneda) ciertos pensamientos abstrac- tos y sumamente difíciles de transmitir mediante el papel. Castaneda fue, pese a todo, un iluminado, un falso profeta apedreado, un brujo medio occidental medio yaqui y, sobre todo, un camino que hoy continúa abierto hacia las puertas de la percepción. La primera vez que sus libros cayeron en mis manos fue como descubrir un testimonio mágico en un mundo conta- giado por el academicismo in- necesario, por una realidad creada, a gusto y placer, por el hombre sobrio y acorralado. Cada uno debe hacer suyo este testimonio y juzgar por sí mismo, comparándolo con su propia experiencia, si existe algo que pueda servirle, aunque yo podría aseguraros que, si dedicáis un tiempo a sus libros, algo encontraréis. Otros personajes que dicen haberlo co- nocido, como Jodorowsky o Leary, tam- poco plantean una imagen positiva de él

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