11 noticias internacionales Numerosos estudios preclínicos han documentado la capacidad de ciertos cannabinoides para modular procesos neurobiológicos implicados en la memoria, el aprendizaje y la plasticidad cerebral. Por ejemplo, investigaciones realizadas en modelos animales muestran que el cannabis puede reducir la inflamación cerebral crónica, mejorar la conectividad sináptica y preservar la mielina, la sustancia que recubre y protege las neuronas. La pérdida progresiva de mielina está detrás de muchas enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer o la esclerosis múltiple. Así, el cannabis podría tener un papel terapéutico preventivo, especialmente en poblaciones envejecidas. A esto se suma un creciente interés por parte de la comunidad médica. En países como Israel, Canadá o Alemania, el uso médico del cannabis ya forma parte del protocolo para tratar el dolor crónico, la espasticidad o los trastornos del sueño. Pero algunos médicos están empezando a recetar cannabis también para proteger la función cerebral en personas mayores, especialmente aquellas con factores de riesgo de deterioro cognitivo. Aunque todavía se requieren más ensayos clínicos, la tendencia apunta hacia una revalorización de la planta como herramienta preventiva, no solo paliativa. Por supuesto, no todo es blanco o negro. La comunidad científica insiste en que el cannabis no es una sustancia inocua, y mucho menos en cerebros en desarrollo. El consumo en adolescentes sigue siendo un factor de riesgo, especialmente si hay predisposición genética a trastornos psiquiátricos. Tampoco se recomienda el uso recreativo crónico en personas con cuadros de ansiedad, trastornos psicóticos o problemas respiratorios. Pero lo que queda claro es que el relato tradicional del “daño cerebral inevitable” ha perdido su base empírica. El cannabis debe dejar de ser un campo de batalla ideológico y pasar a ser objeto de estudio con criterios clínicos. En pleno siglo XXI, seguir negando sus posibles beneficios por razones morales o políticas es una forma de negligencia institucional. Más aún cuando estamos ante una crisis de salud pública global: el envejecimiento acelerado de la población. Según la OMS, en 2050 más del 20 % de la humanidad tendrá más de 60 años. El deterioro cognitivo —desde la pérdida de memoria hasta la demencia— será uno de los mayores desafíos sanitarios del siglo. Y cada posible aliado debe ser considerado con seriedad. Algunos centros de investigación ya han iniciado ensayos clínicos con cannabinoides sintéticos en personas con Alzheimer o Parkinson. En Europa, la Agencia del Medicamento está evaluando el uso de formulaciones con THC y CBD para frenar el declive cognitivo leve. Y en España, comunidades autónomas como Cataluña o el País Vasco ya permiten el acceso a cannabis terapéutico a través de clubes o prescripción médica informal, aunque aún sin una regulación estatal clara. En este contexto, negar la utilidad potencial del cannabis es más una postura ideológica que científica. Porque la evidencia se acumula, los estudios se reproducen y la experiencia de pacientes reales refuerza lo que muchos llevan años defendiendo: que la marihuana puede ser medicina. No solo para aliviar, sino también para prevenir. Lo que ayer fue una planta maldita, hoy podría ser una herramienta clave en la medicina del futuro. La historia —una vez más— está dando la vuelta. Esta vez, a favor de la ciencia. About-time (depositphotos)
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