Regular no es rendirse: es proteger La intoxicación masiva ocurrida en Lice debería marcar un antes y un después en el enfoque de las políticas públicas sobre drogas. No se trata de un simple error operativo: es el síntoma de una política que prefiere castigar antes que comprender, que actúa desde el dogma en lugar del análisis, y que insiste en aplicar recetas fracasadas a problemas complejos. Quemar cannabis en pleno centro urbano, sin evaluación de riesgos, sin medidas de protección, sin sentido común, es la expresión más gráfica de una gestión basada en el espectáculo y no en la salud pública. Regular no significa abrir la puerta al descontrol. No es sinónimo de permisividad, sino de responsabilidad. Regular implica establecer marcos claros, sistemas de control, protocolos de seguridad, información veraz, educación para la prevención y acceso a productos seguros. Significa reconocer que el consumo existe —con o sin permiso estatal—, y que ignorarlo solo empeora sus efectos. Frente a la represión ciega, la regulación busca reducir daños, proteger a los más vulnerables y romper el círculo vicioso del mercado ilegal. Significa priorizar el bienestar social por encima del castigo ejemplarizante. Y, sobre todo, significa tratar a la ciudadanía como adulta, capaz de tomar decisiones informadas. Quemar plantas no resuelve nada. Las convierte en humo, sí, pero un humo cargado de consecuencias: para la salud, para la confianza en las instituciones y para la convivencia social. Mientras no se rompa con esta lógica de confrontación simbólica, el problema seguirá ardiendo, literal y metafóricamente, sin que nadie asuma responsabilidades. Regular es proteger. Es prevenir. Es cuidar. Y eso, lejos de ser una derrota, es el verdadero acto de gobierno. Lo que arde no es solo cannabis: es la credibilidad Turquía no vivió un brote psicodélico. No hubo éxtasis colectivo ni fiesta involuntaria. Lo que presenció fue un brote de irracionalidad institucional, una decisión tomada con más afán de castigo que de prevención, que dejó a toda una ciudad respirando los errores de su propio Estado. Un acto torpe y negligente que debería avergonzar a cualquier administración pública que aspire a actuar con responsabilidad, transparencia y rigor científico. Porque lo que realmente se quemó en Lice no fueron solo plantas secas. Ardió la confianza de la población en sus autoridades. Se hizo humo la idea de que el Estado actúa para proteger, no para dañar. Se resquebrajó la imagen de un sistema capaz de distinguir entre justicia y espectáculo. Este episodio no se recordará como una victoria contra el narcotráfico, sino como un ejemplo internacional de lo que ocurre cuando se gestiona lo delicado con torpeza, ideología y soberbia. Ojalá esta tragedia sirva de advertencia. No solo en Turquía, sino en todos los países que siguen atrapados en los reflejos de una “guerra contra las drogas” más simbólica que efectiva, más propagandística que sanitaria. No podemos seguir gestionando las drogas como si estuviéramos en 1975, ignorando décadas de evidencia científica, experiencias internacionales y daños evitables. Es hora de dejar atrás el humo —literal y metafórico— y de empezar a construir políticas públicas centradas en la salud, los derechos y la inteligencia colectiva. Porque lo que realmente pone en riesgo a nuestras sociedades no son las plantas, sino la ceguera con la que algunos insisten en seguir quemándolas. 7 noticias internacionales kamonrat (depositphotos)
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