8 noticias Madrid se excede con el Orfidal mientras sigue criminalizando el cannabis La capital lidera el consumo de tranquilizantes legales mientras mantiene bajo sospecha el uso de alternativas naturales como el cannabis. El resultado: una población sobremedicada, una salud mental desatendida y una libertad terapéutica cercenada por prejuicios y leyes obsoletas. En pleno 2025, Madrid se ha convertido en el epicentro de una contradicción flagrante: mientras el consumo de hipnosedantes como Orfidal, Lexatin o Trankimazin se dispara hasta alcanzar a uno de cada cuatro ciudadanos, el uso de cannabis — una alternativa terapéutica con un largo historial medicinal y cultural— continúa siendo objeto de vigilancia, estigma y persecución. La ciudad que debería abanderar políticas progresistas en salud mental parece haber optado por el camino más cómodo y rentable para la industria farmacéutica: el de medicalizar el sufrimiento psicosocial en lugar de abordar sus causas profundas. El auge de los psicofármacos no es casualidad. Se enmarca en un contexto de precariedad crónica, aislamiento social, insatisfacción vital y deterioro de los vínculos comunitarios. Frente a estas heridas abiertas, la receta más común es la de una pastilla que adormece, no la de una atención integral que acompañe. Pero el problema no es solo la sobremedicación: es la falta de alternativas reales, accesibles y desestigmatizadas. En Madrid, para muchos, el único camino que ofrece el sistema es el de la sedación química. Y eso tiene consecuencias. Las cifras más preocupantes emergen entre los más vulnerables: jóvenes y mujeres, especialmente entre los 18 y los 35 años, han visto cómo su malestar se convierte rápidamente en un diagnóstico y su ansiedad en una caja de benzodiacepinas. La cultura de la sedación, lejos de empoderar, infantiliza y anestesia. A menudo, el consumo de estos fármacos se entrelaza con otras sustancias como el alcohol, generando riesgos añadidos de dependencia, desconexión emocional y desregulación afectiva. Y mientras tanto, el cannabis —que podría ofrecer beneficios en la gestión del insomnio, la ansiedad o la angustia— sigue confinado a la clandestinidad o a laberintos burocráticos inasumibles para la mayoría. La paradoja es evidente y dolorosa. Una sustancia que puede generar una fuerte dependencia física y psicológica como el Orfidal circula con total normalidad, mientras que encender un porro con fines terapéuticos sigue siendo motivo de sanción, sospecha o vergüenza social. Se aplaude el uso rutinario de químicos sintéticos con efectos secundarios documentados, pero se demoniza una planta cuyo potencial terapéutico ha sido validado por numerosos estudios internacionales. El doble rasero legal y cultural no solo es injusto: es profundamente deshumanizador. Madrid necesita, con urgencia, una transformación del modelo de atención en salud mental. Más allá de recetar pastillas, hay que escuchar a las personas, atender sus contextos, comprender sus historias y ofrecer opciones diversas para el cuidado emocional y psicológico. Eso implica invertir en psicoterapia pública, fomentar redes de apoyo comunitario, y sí, también legalizar y regular el uso del cannabis medicinal y recreativo, como ya se está haciendo en países como Alemania, Portugal o Canadá. Negar esta posibilidad no es una opción neutral: es perpetuar un modelo de salud mental farmacocéntrico, vertical y excluyente. Uno que convierte el sufrimiento en cifras, y la atención en química de síntesis. El cannabis no es una panacea, pero puede formar parte de una respuesta más humana, más libre y consciente. Madrid no necesita más pastillas. Necesita más compasión, más escucha y más valentía política para salir del bucle de la anestesia institucionalizada. volodymyrbondarenkosound@ gmail.com (depositphotos) Rbspace (depositphotos)
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