35 música Las primeras notas del humo De los spirituals afroamericanos a la explosión jamaicana, la historia de la música lleva un siglo cantándole al cannabis. Un viaje sonoro que desemboca, también, en España. por Valeria Campos Aunque en artículos previos hemos mencionado algo al respecto, en este caso nos vamos a centrar, concretamente, en las primeras manifestaciones cannábicas en la música popular. Haremos un repaso somero del ámbito internacional para luego nombrar algunos referentes españoles. Hablar de música cannábica es hablar de cómo la cultura se abre paso incluso cuando la ley la persigue, de cómo las melodías han servido durante décadas para decir lo que en voz baja no podía pronunciarse. El cannabis ha sido, a lo largo del último siglo, un idioma secreto, una metáfora compartida, una contraseña cultural que viajaba de club en club, de barco en barco, de barrio en barrio, cruzando fronteras a la velocidad con que una guitarra cambia de manos. Antes de que existieran géneros explícitamente vinculados al consumo, ya había canciones que insinuaban, que codificaban, que abrían una grieta en la moral dominante. Y esas primeras grietas son esenciales para entender la enorme naturalidad con la que hoy la música mundial habla del cannabis sin disfraz. Este recorrido sobre las primeras muestras de música cannábica no pretende crear un canon rígido, porque la música nunca ha funcionado así; más bien propone un mapa, un hilo que conecta tiempos, voces y geografías. Desde los campos de algodón del sur de Estados Unidos hasta los sound systems jamaicanos, desde los clubes de jazz de Nueva Orleans hasta los barrios mestizos de Madrid, el cannabis ha sido una sombra cómplice que acompaña a la creación. Y entender cómo se cantó por primera vez es entender también cómo se normalizó culturalmente mucho antes de que la política se atreviera a pronunciarlo. El humo en los orígenes: espiritualidad, trabajo y evasión Las primeras manifestaciones musicales que mencionan o insinúan el cannabis se remontan a las primeras décadas del siglo XX en Estados La música cantó sobre cannabis mucho antes de que la política se atreviera siquiera a nombrarlo Unidos. No porque antes no existiera ese vínculo, sino porque la música empezó a grabarse. Y cuando la grabación aparece, aparece también la posibilidad de rastrear, de comprobar, de documentar. En el sur segregado, donde la vida cotidiana estaba marcada por la brutalidad racial y la precariedad material, el cannabis circulaba como un alivio barato y accesible entre jornaleros afroamericanos y trabajadores migrantes. Y con ello, comenzó a colarse en los versos, primero de forma tímida y luego con una audacia creciente. En los spirituals, en el blues temprano, en esos lamentos que hablaban de la vida, del trabajo, de la tristeza y del deseo, el cannabis aparecía como un símbolo de resistencia íntima. No era una proclama, era una presencia. Se han perdido muchas de las canciones de entonces, pero han sobrevivido suficientes fragmentos para entender que la relación entre música y cannabis no nació en los clubes sofisticados, sino en los campos de cultivo, en las plantaciones, en los barracones. El cannabis no era entonces un hábito bohemio, sino una forma de soportar lo insoportable. Cuando el blues pasó de los caminos polvorientos a los tugurios urbanos, el lenguaje se volvió más explícito. Canciones como “The Weed Smoker’s Dream” (1936), interpretada por el grupo de jazz Harlem Hamfats, abrieron una senda de doble sentido: ya no se hablaba solo del cansancio de la vida, sino también del gozo que ofrecía el cannabis. Pero incluso antes, en los años veinte, las composiciones callejeras empezaban a usar palabras como “gage”, “tea”, “muggles” o “mighty mezz”. Este universo semántico revela algo importante: que la música creó un argot porque la sociedad prohibía la literalidad. Los músicos, casi siempre afroamericanos, hablaban entre ellos a través de un lenguaje que el gran público no entendía. Era una forma de libertad clandestina. Y esa libertad iba a expandirse en las décadas siguientes. Jazz y cannabis: el secreto peor guardado de una era brillante Si hay un género donde el cannabis desempeñó un papel protagonista desde el primer compás, ese fue el jazz. No solo como inspiración, sino como herramienta social: una forma de cohesión entre músicos, una ayuda para improvisar, un ritual de creación. Louis Armstrong, que lo fumó durante toda su vida adulta, hablaba de él con naturalidad en cartas privadas, y llegó a decir que el cannabis hacía a los músicos “más relajados, creativos y humanos”. A finales de los años veinte y durante los treinta, el cannabis era omnipresente en los circuitos jazzísticos. New Orleans, Chicago, Kansas City, Nueva York… en todos esos lugares proliferaban los tea pads, espacios semiclandestinos donde se podía fumar y escuchar música. No eran antros oscuros, sino lugares de convivencia, mezcla y descompresión. En ese ambiente nacen algunas de las primeras canciones explícitas que marcan el imaginario cannábico mundial. Una de las más célebres es, sin duda, “Reefer Man” (1932) de Cab Calloway, un prodigio de comicidad, swing y picardía, que retrata a un personaje “que siempre está high” sin caer en la moralina. La canción circuló por medio país, y aunque la censura nunca la prohibió formalmente, las radios la emitían con una sonrisa nerviosa. El jazz había encontrado en el cannabis un aliado temático y emocional, y el público, aun sin entender todos los códigos, disfrutaba del juego.
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