El Cultivador

37 música Los primeros himnos cannábicos nacieron en los campos del sur de Estados Unidos, no en los clubes sofisticados De los bongos al ska: el camino hacia Jamaica La historia del cannabis musical no sería completa sin la llegada a Jamaica. Allí adquirió dimensiones nuevas, más profundas, más místicas y definitivamente más políticas. Pero antes de que el reggae se convirtiera en sinónimo de cannabis, hubo un largo periodo de transición. Y en esa transición aparecen las primeras referencias sesenta, especialmente tras la eclosión de la contracultura estadounidense, el cannabis se convirtió en un elemento casi inevitable del imaginario juvenil. Pero incluso en ese escenario, hubo pioneros. “Rainy Day Women #12 & 35” (1966) de Bob Dylan es un ejemplo perfecto de cómo la música mainstream podía hablar de cannabis sin nombrarlo. “Everybody must get stoned”, sentencia Dylan, aunque hoy todavía algunos conservadores intenten reinterpretarlo. La alusión es clara y directa, y su popularidad masiva contribuyó a normalizar una conversación que hasta entonces era patrimonio de minorías. Los Beatles, en ese mismo periodo, harían del cannabis una presencia más o menos constante. No tanto en letras explícitas —aunque “Got to Get You Into My Life” es, según Paul McCartney, una declaración de amor al cannabis disfrazada de historia romántica—, sino en la estética, las declaraciones públicas y la atmósfera general. Fueron ellos quienes lo introdujeron entre gurús, músicos clásicos y artistas europeos, consolidando su estatus como sustancia asociada a la creatividad. En América Latina también despuntaron pioneros. En Brasil, Gilberto Gil y Caetano Veloso, padres del tropicalismo, hablaron de cannabis en entrevistas y en metáforas sonoras, pese a la dictadura militar. En México, ciertos corridos clandestinos describían escenas de consumo en clave irónica. En Argentina, en los años setenta, algunos rockeros del circuito porteño incluían alusiones veladas en letras que la censura no terminaba de descifrar. La realidad es que, en todos estos lugares, el cannabis funcionó como marcador generacional. No era solo una planta: era una frontera cultural. Quienes cantaban sobre ella, incluso indirectamente, estaban diciendo algo sobre la libertad, explícitas, que muchas veces quedan eclipsadas por la enorme sombra de Bob Marley. En los años cuarenta y cincuenta, el cannabis formaba parte de la cultura popular jamaicana, aunque todavía no existía el movimiento rastafari tal como lo conocemos hoy. Los primeros sonidos que incorporan referencias al cannabis aparecen en los mentos y en los estilos pre-ska. Canciones festivas, humorísticas, donde la hierba no es una divinidad, sino una bebida más del menú musical. La música popular jamaicana solía retratar la vida cotidiana, y el cannabis era parte de esa cotidianeidad. A finales de los cincuenta, con el nacimiento del ska, la música empezó a volverse más urbanita, más política y más atrevida. Canciones como “Sammy Dead-O” y otras piezas de la época mencionan el cannabis de manera indirecta, sobre todo a través del concepto rastafari del herb, aunque todavía no se pronunciara con el énfasis que adquiriría en la década siguiente. Cuando el reggae surgió con fuerza en los sesenta, gracias a artistas como The Wailers, Toots & The Maytals o Desmond Dekker, el cannabis dejó de ser un guiño para convertirse en un pilar espiritual. “Kaya” (1968), que Bob Marley regrabó en 1978, es una de las primeras canciones internacionales que habla del cannabis desde la serenidad, la paz interior y la conexión con la naturaleza. Y su éxito global abrió la puerta para que miles de artistas, en Jamaica y fuera de ella, adoptaran ese lenguaje sin metáforas. El cannabis pasó a ser, también musicalmente, un símbolo de resistencia y dignidad. El rock, la contracultura y la explosión internacional Si el jazz fue el primer gran vehículo musical del cannabis, el rock sería el que lo popularizaría globalmente. A partir de los años InsideCreativeHouse (depositphotos) mobilinchen (depositphotos)

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