El Cultivador

58 activismo se limita, otros países avanzan. Asoma, una vez más, la sombra del aislamiento regulatorio. El debate sobre el uso adulto: la otra gran batalla Si el cannabis medicinal avanza demasiado despacio, el recreativo adulto sigue paralizado. España tiene un ecosistema único en Europa: clubes sociales cannábicos que funcionan en un marco alegal desde hace décadas, autocultivadores tradicionales, un tejido activista robusto y una sociedad que, en su mayoría, asume el consumo adulto con una naturalidad que la ley no refleja. El contraste con Alemania —país que ha aprobado recientemente una de las regulaciones más innovadoras del continente— es llamativo. Allí se ha construido un modelo flexible que reconoce el autocultivo, permite clubes regulados y despenaliza la posesión para uso personal. España, pese a su larga tradición de tolerancia tácita, continúa atrapada en un limbo que solo genera inseguridad jurídica y fortalece al mercado ilícito. La pregunta de fondo no es si España debe regular el cannabis para adultos. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más puede permitirse no hacerlo. ¿Cuántos recursos policiales, cuántas sanciones administrativas, cuántos procedimientos judiciales inútiles serán necesarios para que el legislador entienda que prohibir lo que ya es socialmente aceptado solo produce hipocresía y daño? El activismo ante un nuevo ciclo político El activismo cannábico español ha demostrado una resistencia admirable. Ha sido capaz de sostener un debate social cuando la política lo ignoraba, de acompañar a pacientes cuando la medicina oficial dudaba, de mantener vivos los clubes cuando la justicia fluctuaba y de alzar la voz incluso cuando parecía que nadie escuchaba. Hoy se abre un ciclo nuevo. Las instituciones hablan del cannabis, aunque sea en voz baja. La sociedad lo acepta, aunque no siempre lo entienda. Los profesionales sanitarios se interesan, aunque aún exista recelo. Y Europa avanza, obligando a España a replantearse su inmovilismo. Es precisamente ahora cuando el activismo tiene que redoblar esfuerzos: acompañar a los pacientes que quedarán excluidos, exigir una reforma legal más ambiciosa, reforzar la pedagogía social, presionar para que la flor entre en la regulación y para que la farmacia comunitaria se convierta en el punto natural de acceso. Y, sobre todo, mantener vivo el debate sobre el uso adulto, que sigue siendo la asignatura pendiente de un país que siempre ha convivido con el cannabis, pero nunca ha querido mirarlo de frente. La victoria tiene muchas formas. A veces es una ley, otras veces es un cambio cultural. Lo que está en juego ahora es que España decida si quiere seguir escondiendo la realidad bajo la alfombra o si, por fin, prefiere construir un modelo basado en la evidencia, los derechos y la salud pública. El cannabis terapéutico no puede depender de la farmacia hospitalaria: es una decisión política, no sanitaria mayorica (depositphotos) shufuu (depositphotos)

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