El Cultivador

8 noticias Maryland avanza hacia una regulación médica de los psicodélicos con cautela y ambición Maryland se prepara para dar un paso que, durante décadas, parecía impensable en Estados Unidos: diseñar un marco regulado para el uso terapéutico de psicodélicos naturales. Lo hace sin estridencias, con una mezcla de prudencia y determinación, apoyándose en la evidencia científica acumulada en los últimos años y dejando claro que el objetivo no es abrir una puerta al consumo recreativo, sino dotarse de herramientas clínicas para casos donde la medicina tradicional se ha quedado sin respuestas. En el centro del debate está la psilocibina, el principio activo de ciertos hongos, cuya reputación contracultural ha quedado a un lado ante los resultados de estudios clínicos serios. La Johns Hopkins University, referente mundial en este campo, lleva tiempo documentando mejoras significativas en pacientes con depresión resistente, traumas profundos o ansiedad asociada a enfermedades terminales. No se habla de experimentos improvisados, sino de intervenciones guiadas, acompañadas por profesionales formados y bajo protocolos estrictos. La legisladora estatal Pam Lanman Guzzone reconoce que la motivación del proyecto no es ideológica, sino sanitaria: hay personas atrapadas en sufrimientos que no ceden ante las terapias convencionales, y negarles un posible recurso solo por miedo al estigma sería, en sus palabras, cerrar los ojos ante la ciencia. Sin embargo, el entusiasmo está lejos de ser mayoritario. Desde la Sociedad Médica de Maryland se insiste en la necesidad de avanzar con cautela. Los psicodélicos, recuerdan, no son sustancias inocuas; pueden provocar experiencias psicológicas intensas, confusión o malestar si se emplean sin supervisión profesional. Por ello, el grupo de trabajo propone un camino gradual que combine ambición y responsabilidad. Un plan por etapas para evitar precipicios La propuesta de Maryland se articula en tres fases sucesivas. Primero, una etapa educativa que incluiría campañas públicas, formación para profesionales y una despenalización limitada que permita avanzar sin criminalizar a quienes buscan información o ayuda. Después, la implantación de un modelo clínico: centros acreditados, terapeutas formados específicamente y seguimiento exhaustivo de cada paciente. Por último, una fase de evaluación que permita valorar si otras sustancias naturales —como la mescalina o la DMT— podrían incorporarse al sistema con garantías. Es un calendario calmado, sin promesas grandilocuentes, en el que los plazos no se fuerzan. “Esto llevará años”, admiten los impulsores. Pero es precisamente esa falta de prisa la que aporta credibilidad a la iniciativa. Una corriente global que empieza a tomar forma Maryland no está sola en este movimiento. Oregón, Colorado, Canadá o Australia ya han iniciado trayectos propios hacia la regulación médica de los psicodélicos. Lo significativo es que, en todos los casos, la motivación no surge del consumo recreativo, sino de los resultados clínicos y del testimonio de pacientes que han encontrado alivio donde la psiquiatría clásica no había logrado avanzar. También existen temores legítimos: cómo evitar la entrada de intereses comerciales demasiado agresivos, cómo garantizar que los tratamientos sean accesibles y no un lujo, cómo impedir que la industria diluya el componente terapéutico en favor de un mercado de promesas fáciles. Todas esas preguntas siguen abiertas, y Maryland parece dispuesto a responderlas antes de dar el siguiente paso. Entre la esperanza clínica y la responsabilidad pública Lo que está ocurriendo en Maryland no es una revolución ruidosa, sino un cambio de enfoque. Tras décadas en las que los psicodélicos fueron reducidos a caricatura o tabú, ahora se les observa desde la medicina, con la seriedad que exige cualquier intervención que actúa sobre la mente humana. No se trata de idealizar estas sustancias, sino de explorarlas bajo la luz de la evidencia científica y dentro de un sistema regulado que priorice la seguridad. Si el proceso avanza como está previsto, es probable que en unos años hablemos de la psilocibina del mismo modo que hoy hablamos del cannabis medicinal: como una herramienta más, útil para ciertos pacientes y adecuada únicamente en entornos clínicos. Y tal vez recordemos este momento como el inicio de un cambio tranquilo, discreto, pero profundamente significativo. Una transición que, por primera vez, pone la ciencia por delante del miedo. jonbilous (depositphotos)

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