16 noticias Lo que Alemania nos enseña sobre cannabis y seguridad vial La experiencia alemana empieza a desmontar uno de los grandes argumentos contra la regulación del cannabis: legalizar no ha provocado un aumento ni del consumo ni de la conducción bajo sus efectos, aunque sí ha puesto el foco sobre un riesgo mucho más serio, la mezcla con alcohol u otras drogas. Cada vez que se plantea regular el cannabis, aparece la misma advertencia: si se legaliza, más gente consumirá; si más gente consume, más gente se pondrá al volante bajo sus efectos; y si eso ocurre, la carretera se volverá más peligrosa. Es un razonamiento que parece intuitivo, pero que no siempre resiste el contraste con los datos reales. Eso es precisamente lo que empieza a mostrar Alemania, que en abril de 2024 legalizó la posesión y el autocultivo para personas adultas, aunque sin abrir un mercado comercial generalizado, y que pocos meses después, en agosto, aprobó además nuevos límites legales de THC para la conducción. El interés del caso alemán no está solo en la reforma legal, sino en que permite observar qué ocurre cuando un país europeo deja atrás una parte del prohibicionismo sin lanzarse de golpe a un modelo de venta masiva. El estudio que compara la evolución de Alemania con la de Austria, donde el cannabis seguía siendo ilegal, ofrece una imagen mucho menos dramática de la que suelen dibujar los discursos alarmistas. Ocho meses después de la legalización, los investigadores no detectaron efectos estadísticamente significativos ni en la prevalencia del consumo ni en la conducción bajo los efectos del cannabis en comparación con el país vecino. Eso no quiere decir que el consumo no se moviera en términos absolutos, sino que ese movimiento no fue lo bastante distinto del observado en Austria como para atribuirlo de forma sólida a la legalización. En Alemania, el consumo anual declarado pasó del 12,1 al 14,4 %, pero la evolución paralela del país de control impide presentar esa subida como una prueba concluyente de que regular dispare por sí sola el número de consumidores. La idea central es incómoda para quienes presentan la prohibición como único dique posible: el llamado “efecto legalización” inmediato no aparece de forma clara en los datos. Todavía más relevante es lo que sucede con la seguridad vial, que suele ser el terreno donde más miedo político se intenta sembrar. Entre quienes consumen cannabis al menos una vez al mes, la proporción de personas que reconocen haber conducido tras consumir no aumentó, sino que descendió ligeramente, del 28,5 al 26,8 %, aunque de nuevo sin una diferencia estadísticamente significativa frente a Austria. Dicho de otro modo, la legalización alemana no ha venido acompañada, en este primer tramo temporal, de un estallido de conductas de riesgo al volante tal y como muchas voces auguraban. Ahora bien, sería un error convertir ese dato en una invitación a la despreocupación. El estudio no dice que conducir tras consumir cannabis sea inocuo ni que desaparezca el peligro en carretera. Lo que señala es algo más preciso y útil para diseñar políticas públicas: el problema más grave no parece estar en el consumo aislado, sino en el consumo combinado. Ahí es donde emerge con claridad el verdadero punto rojo del mapa. Los investigadores distinguen entre la conducción tras consumir cannabis sin mezclar otras sustancias, denominada DUIC(-), y la
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