El Cultivador

17 noticias conducción después de haber consumido cannabis junto con alcohol u otras drogas, denominada DUIC(+). Esa diferencia, que a menudo se pierde en titulares simplistas, es fundamental para entender dónde se concentra el mayor riesgo. Tras la legalización, aproximadamente uno de cada cinco episodios de conducción bajo los efectos del cannabis implicaba consumo mixto. Puede parecer una minoría, pero es una minoría decisiva, porque combinar sustancias multiplica el deterioro de la capacidad de reacción, del juicio y de la atención al volante. El estudio añade además un matiz muy importante para romper otro cliché habitual. Los episodios de DUIC(-), es decir, conducir tras consumir cannabis sin otras sustancias, aparecen especialmente concentrados entre usuarios diarios, mientras que los episodios de DUIC(+), donde sí existe mezcla, tienen más peso entre consumidores semanales. Esa diferencia sugiere que el perfil más preocupante desde el punto de vista vial podría no ser necesariamente el del consumidor cotidiano, sino el de quien consume de forma más intermitente y en ciertos contextos lo combina con alcohol u otras drogas. No es una exoneración de nadie, pero sí una pista clara sobre dónde deben apuntar la prevención, la educación pública y los controles. Ese hallazgo obliga a salir del marco moralista con el que tantas veces se aborda el debate. La cuestión ya no es repetir de forma automática “cannabis sí” o “cannabis no”, sino preguntarse qué modelo permite reducir mejor los daños reales. Durante décadas, la prohibición ha entregado la regulación efectiva al mercado ilícito, un entorno que no informa sobre potencia, no distingue por edad o vulnerabilidad y no tiene ningún incentivo para promover conductas responsables. En ese escenario, el Estado aparece tarde, castiga, sanciona o estigmatiza, pero apenas ordena ni previene de manera eficaz. Alemania, en cambio, ha optado por una vía más prudente y controlada. Ha legalizado la posesión y el autocultivo, pero sin desplegar de golpe una red comercial amplia como la que se ha visto en algunos territorios de Norteamérica. Esa diferencia importa mucho, porque parte del alarmismo internacional se apoya en ejemplos tomados de mercados donde la venta legal minorista, la publicidad o la expansión comercial han transformado rápidamente los hábitos de consumo. El modelo alemán, al menos por ahora, funciona más como un experimento moderado de regulación que como una liberalización plena. Y precisamente por eso su valor político es enorme. Si un país puede regular con cautela sin que se disparen de inmediato los indicadores más sensibles, el debate deja de ser una batalla entre prohibición y caos. Aparece una tercera vía, más incómoda para los extremos, pero más útil para la salud pública: regular con normas claras, con límites comprensibles y con una estrategia de reducción de riesgos basada en evidencia. En el terreno de la conducción, eso se traduce en decisiones muy concretas. Alemania elevó el umbral general de THC permitido, pero mantuvo criterios más estrictos para conductores noveles, menores de 21 años y situaciones de consumo combinado con alcohol. El mensaje es bastante nítido: no se trata de banalizar el consumo, sino de distinguir mejor entre escenarios y de castigar con especial firmeza aquello que de verdad eleva el peligro. Cuando la norma es comprensible, resulta más fácil que la ciudadanía sepa a qué atenerse y también más fácil que el cumplimiento tenga sentido práctico. A eso debe sumarse una política de prevención seria. Las campañas de seguridad vial no pueden limitarse a slogans vacíos ni a mensajes de miedo poco creíbles. Deben explicar tiempos de espera, percepción subjetiva del estado propio, errores frecuentes de juicio y, sobre todo, el salto de riesgo que supone combinar cannabis con alcohol u otras drogas. Informar mejor no es ser permisivo; es dar herramientas reales para reducir daños. También importa cómo se orientan los controles. Si el objetivo principal es inflar cifras de sanciones, la política pública pierde el norte. Si el propósito es proteger la carretera, entonces la prioridad debe estar en detectar conductas en realidad peligrosas, especialmente el consumo mixto y los perfiles de mayor vulnerabilidad. En ese sentido, el caso alemán sugiere que la regulación puede ofrecer un marco más fino y racional que la clandestinidad. La lección de fondo va más allá del cannabis. Prohibir no siempre significa controlar, y a veces significa exactamente lo contrario: renunciar a ordenar un fenómeno social que sigue existiendo, aunque la ley mire hacia otro lado. Regular no es premiar el consumo, sino asumir que el Estado debe intervenir con inteligencia allí donde la realidad ya está ocurriendo. Esa es, en el fondo, la principal enseñanza de Alemania: cuando se sustituye el pánico por datos, el debate deja de girar en torno a fantasmas y empieza a centrarse en riesgos concretos y gestionables. Para España, donde el debate sobre cannabis continúa atrapado entre el tabú, el inmovilismo y el ruido ideológico, la experiencia alemana ofrece una referencia valiosa. No porque deba copiarse sin más, sino porque demuestra que existe margen para pensar políticas públicas menos viscerales y más eficaces. Si de verdad preocupa la seguridad vial, el foco no debería estar solo en repetir consignas sobre la legalización, sino en educar, fijar límites claros, perseguir la mezcla de sustancias y actuar donde el peligro es comprobable. La discusión seria no consiste en preguntarse si regular es rendirse, sino en admitir que quizá regular bien sea la única forma de empezar a mandar de verdad.

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