El Cultivador

24 activismo exportadoras y la necesidad imperiosa de reparar el daño causado a las comunidades campesinas e indígenas, víctimas directas de la guerra contra las drogas. El activismo latinoamericano nos recuerda que la planta debe ser un motor de paz y desarrollo local, no una nueva forma de extractivismo neocolonial. En Europa, el faro actual es Alemania. Con la entrada en vigor de su reciente marco regulatorio, que despenaliza la posesión, el autocultivo y sienta las bases para los clubes sociales, el pilar central del continente ha demostrado que un modelo no estrictamente comercial es posible. El activismo alemán, apoyado por una sólida red de asociaciones, logró torcer el brazo de los lobbies internacionales para priorizar el derecho del ciudadano a cultivar su propia medicina y consumo recreativo. Este logro es un triunfo puro del activismo de base y marca un precedente insoslayable para el resto de la Unión Europea. El modelo español: la paradoja de las licencias y la persecución Si bajamos la mirada hacia España, el panorama es desolador, hipócrita y profundamente injusto. Nuestro país fue pionero mundial en tolerancia social y en la creación del modelo de los Clubes Sociales de Cannabis (CSC), un sistema asociativo sin ánimo de lucro que ha sido copiado e implementado en países como Uruguay, Malta o la propia Alemania. Sin embargo, mientras el mundo nos imita, el Estado español nos persigue. En 2026, España vive bajo lo que el activismo define como “la doble moral del Estado”. Por un lado, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) reparte licencias a cuentagotas a grandes corporaciones multinacionales y empresas con fuertes respaldos financieros para cultivar cientos de hectáreas de cannabis medicinal destinado, en su inmensa mayoría, a la exportación. Es el negocio de unos pocos, bendecido por la administración. Por otro lado, el ciudadano de a pie se enfrenta a una represión implacable. El autocultivo, la única vía de acceso democrática y libre de intermediarios a la planta, sigue operando en una inseguridad jurídica asfixiante. Si cultivas para tu propio abastecimiento, dependes de la interpretación de un juez sobre si ese cultivo es constitutivo de delito o no. Las asociaciones y clubes sociales, que han suplido durante años la inacción del Estado garantizando un acceso seguro y reduciendo los riesgos asociados al mercado negro, sufren redadas constantes, cierres forzosos y procesos penales contra sus juntas directivas. A esto se suma el lastre interminable de la Ley de Seguridad Ciudadana (la infame “ley mordaza”). Las multas por tenencia o consumo en la vía pública, que parten de los 600 euros, son un impuesto encubierto a la juventud y a la clase trabajadora. Cientos de miles de expedientes sancionadores al año enriquecen las arcas del Estado mientras estigmatizan a los usuarios. Una regulación médica que excluye a los clubes sociales y prohíbe el autocultivo no es una victoria, es un rescate a la industria farmacéutica

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