El Cultivador 12

70 pensamiento psicodélico que incluso puede provocar dolor o euforia y que no deja in- diferente a nadie, era una misión vital. Sumado todo esto a la necesidad de evasión de su realidad o escapismo, para lo cual las drogas suponían la he- rramienta perfecta; desde su comienzo, el Romanticismo estaba claramente ligado al espíritu revolucionario y sub- versivo. ¿Quién no conoce a esos románticos que, como Mariano José de Larra, se sui- cidaron jóvenes? ¿O aquellos que murieron a causa de graves enf ermedades a edades tempranas? La vida de un romántico estaba llena de desengaños y decepciones. En este contexto, Thomas De Quincey escribió, en 1821, sus Confesiones de un inglés comedor de opio . En e s t a o b r a , De Qu i n c e y pretendía ilustrar a los desco- nocedores de la materia, ins- truyéndolos en el consumo de la sustancia, a la vez que compartía sus experiencias. Para el inglés, el opio era una fuente de placer incuestiona- ble, llegando a afirmar que era “las llaves del paraíso” , capaz de abrir las puertas a un mundo l l eno de fantas í a . Además, su consumo posibili- taba la materialización de ideas que anteriormente se le habí an presentado como vagas, potenciando su creativi- dad. Cu a n d o , e n 1 8 2 8 , f u e t raduc ida a l f rancés , los artistas galos más curiosos se apresuraron a indagar en esos nuevos paraísos que las drogas abrían para ellos. Movidos qui zá por e l ans i a de l a p r ome t i d a f e c u n d i d a d artística o por el simple placer y experimentación, algunos fundaron un grupo en París, Le Club des Haschi chins (1844-1849) integrado por artistas, literatos, filósofos y médicos. Entre sus miembros encontramos a los afamados Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Charles Baudelaire y al popu l a r p i n t o r Eugene Delacroix. Las actividades de sus sesiones estaban centradas en comer una “mermelada” verde, elaborada con hachís, canela, clavo, pistacho, azúcar, zumo de naranja, mantequilla, nuez moscada y cantharis. Para ello, se reunían en el actual Hotel Pimodan, en la Isla de Saint-Louis, un palacio gótico cuya extraordinaria atmósfera era la perfecta gracias a la niebla provista por el Sena, que lo cubría al anochecer . Su cabec i l l a , Théophile Gautier, había sido motivado por el psiquiatra e investigador francés Jacques- Joseph Moreau de Tour y, a pesar de que dejó de consumir tras un breve periodo (no porque le hubiera perjudicado f í s i c a m e n t e , s e g ú n comentaba, sino porque tenía la premisa de que un verdadero autor no necesita más que de sus sueños para crear), redactó las vivencias de aquellos días en un libro escrito bajo el mismo nombre que aquel con que ellos mismos se habían bautizado. Tanto Alejandro Dumas en El Conde de Montecristo , como Charles Baudelaire, por su parte, en Los paraísos arti- ficiales y Las flores del mal , narraron o se inspiraron en las experiencias con el hachís. R e s p e c t o a B a u d e l a i r e , durante las reuniones en el hotel, se dice que era sobre todo un observador. Al pintor Odilon Redon debemos las ilustraciones creadas para sus ¿Qué mejor lugar se puede visitar en el siglo XIX si te apasiona el exotismo y el hachís?

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