El Cultivador 13
mundo cannábico 79 bosque frondoso llegamos al terreno. ¿O debería decir a una isla de yerba? Es una locura, nunca había visto algo así en toda mi vida. El cultivador ha construido li- teralmente su propia isla utili- zando barro y ladrillos, sujetos por las raíces de las plantas que crecen en el agua. Nos muestra el sistema, cómo corta cada ladrillo con su ma- chete del fondo del pantano y cómo los apila uno a uno para crear una verdadera isla. No es necesario regar, las plantas crecen en una especie de medio hidropónico natural. La plantación que vemos está en la mitad de la floración, los cogollos ya están pegajosos. El olor recuerda a la The Most Wanted que vimos ayer, pero más sativa. Después de grabar un par de escenas para el documental, subimos a las canoas para ir a juntarnos con las aguas rápi- das de Black River. Es una ba- jada de corriente suave, hasta un punto unas millas más abajo donde el camión de Sli- pes nos espera para trasladar- nos. Cargamos las canoas y los trastos en el gran camión Amarillo y conducimos de vuelta a casa de Slipes. Se va a hacer de noche pronto y necesitamos encon- trar un sitio para dormir. Con- ducimos hacia la costa y paramos en unmotel de carre- tera, cerca de la ciudad de Black River. Estamos cansa- dos pero de muy buen humor, los lugares y las plantas que vimos hoy eran increíbles. Vamos a cenar pescado rico a un restaurante cercano, luego fumamos una cantidad in- munda de goma y yerba y nos desmayamos. Mañana tenemos un largo recorrido en coche por de- lante. DIA 4 Nos levantamos muy tem- prano, como de costumbre. Mi habitación es calurosa y pega- josa, huele como a comida po- drida. El aire acondicionado está goteando y hace un ruido metálico raro Me lío un porro con algo de goma y bajo las escaleras des- esperadamente en busca de café. Nampo siempre prefiere fumar goma que yerba y debo admitir que consigue una goma de muy buena calidad. Desafortunadamente para mi antojo de cafeína, lo único que soy capaz de encontrar es algo de té de menta, preparado ca- riñosamente por la limpiadora (la única persona despierta tan temprano). Mientras me tomo el té oigo al resto salir de sus habitacio- nes y puedo escuchar a Simon tosiendo. También está des- ayunando. Sobre las 7 de la mañana ya hemos cargado el coche –esta- mos acostumbrándonos a la rutina, y cada día resulta más fácil y rápido– y nos vamos, pero hacemos una parada unos minutos después, en la ciudad de Black River, para tomar café y pan. Después de la tan merecida ingesta de cafeína, simple- mente conducimos de vuelta a la bahía de Montego. La carre- tera es decente, pero los ba- ches son traicioneros y hacen que los conductores no poda- mos distraernos (Bigga y yo mismo). Le pido a Simon que me lie unos porros durante el camino porque tengo las manos al volante y los ojos pe- gados en la carretera como si jugara a la Play. Tenemos una cita con un viejo rasta en el campamento Boboshanti, en las colinas cerca de la ciudad, sobre las 10 de la mañana, pero cuando lle- gamos no hay donde encon- trarle. Esperamos un poco, luego decidimos continuar. El cultivador ha construido literalmente su propia isla utilizando barro y ladrillos, sujetos por las raíces de las plantas que crecen en el agua
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