El Cultivador 15

63 cáñamo, una historia de amor por la intolerante sociedad en la que vivían y daban mucho trabajo a los presidentes de los Estados Unidos. A causa de este movimiento juvenil, el gobierno norteamericano perdió guerras y apoyo social. Los jóvenes no se alistaban en el ejército, preferían coger una guitarra como principal equipaje y recorrer el país. Estos años fueron un periodo de prueba, una época en la que se pretendía crear una re- alidad diferente. En los pueb- los se desarrollaban comu- nidades para acoger a los via- jeros y personas que se refu- giaban para escapar de "occi- dente" y en las ciudades se creaban barrios cuasi utópicos, en los que existía una especie de anarquía pacífica. Como en todo, no tardó en aparecer un lado oscuro, la otra cara de la moneda. La libertad absoluta comenzó a pasar factura y con un precio inesperado. Se alcanzaron ex- tremos mediatizados como la creación de sectas (entre las más conocidas está la de Charles Manson) y se difamó sobre el uso de sustancias co- munes en la realidad hippie. Lo más importante es que un enorme grupo de personas se abanderaron bajo insignias de paz, amor y drogas que proporcionaban una apertura mental. Realidades más cer- canas a la gente, más humanas. El movimiento hippie estaba generando el tambaleo de los pilares culturales de la época a todos los niveles: familiar, sexual, político, cultural y artís- tico. Estaban literalmente cam- biando la forma de pensar, de ver el mundo, y en aquel mo- mento tan delicado (la Guerra Fría) el gobierno no podía per- mitírselo. Los “poderosos” de la época, antes de nada, hicieron que en el 1967, un actor de serie B, Ronald Reagan, se con- virtiera en el gobernador de California. Ese mismo año, California se convierte en el primer estado en declarar el LSD ilegal, provocando la lle- gada de la mafia y su gestión del narcotráfico, introduciendo la heroína y otras drogas duras. Fue el principio del fin para muchos chicos de Haight-Ash- bury, aunque esto no fue su- ficiente para frenar aquel movimiento que ya había echa- do raíces en cada estado norteamericano y estaba con- quistando el mundo. Para restablecer el orden, mudaron a un alcohólico de puños de hierro a la Casa Blanca, Richard Nixon. Su objetivo, obviamente, era perseguir uno de los grandes amores de los hippies, el cáñamo. Herry Asliger, en el 1961, como he comentado en mi artículo an- terior, consiguió que la ONU convirtiera en ilegal la mari- huana y, desde mi punto de vista, fue un desencadenante de la revolución cultural lle- vada a cabo por los “hijos de las flores”. En los años sesenta, para los hippies, la marihuana fue el emblema del pacifismo y del amor universal, era la flor que transmitía su rebelión y consciencia mística de un mundo diverso. ¿Qué debía hacer el señor Nixon? En sus seis años de presidencia (1968-1974) ha pasado a la historia por muchas decisiones negativas, llevadas a cabo sólo para fa- vorecer a las multinacionales americanas en el mundo. Poco se habla de los grandes acon- tecimientos y cambios dentro de las fronteras del país, an- teriores al escándalo que provocó definitivamente su dimisión y salida de escena en 1974 ( Watergate ). El primero fue la privatización del sistema sanitario esta- dounidense y el segundo la creación e institución de la DEA. Hoy la historia no ha juzgado todavía a Nixon (quién sabe si algún día lo hará) como responsable de uno de los may- ores genocidios del siglo pasa- do. De hecho, se calcula que en Estados Unidos, cada año, mueren cincuenta mil per- sonas a causa de la imposibil- idad de acceso a asistencia médica (unas 125 personas al día). Si multiplicamos este dato por los años que han el cannabis fue la llave de acceso hacia un estado de consciencia superior El movimiento hippie estaba generando el tambaleo de los pilares culturales de la época a todos los niveles Be-In en Central Park

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