El Cultivador 24

más tempranas con el cuerpo y con el dolor condicionarán su vida y relaciones con sus seres más cercanos. Otto Hahn, re- conocido ensayista de arte, co- menta: “El primer drama de esta vida dolorosa le sobreviene a la edad de cinco años: unameningitis lo lleva has- ta el umbral de la muerte y lo sumerge, repentina- mente, en el universo ab- surdo del dolor. Sin duda allí comienza el desacuerdo que lo opondrá al mundo.” Al desarrollarse la enfermedad, su madre se volcó en los cuida- dos de su pequeño. La mujer no podía hacer otra cosa, aca- baba de perder un hijo y el otro estaba enfermo. Además la aún joven pero despierta mente de Artaud no lograba comprender el modo en que su madre y sus médicos se lo pasaban de unas manos a otras, a la vez que lo agasajaban con dulces y medi- cinas. Medicinas, sobreprotec- ción, dulces y dependencia. El desayuno del Artaud infante. A la meningitis le siguieron las crisis nerviosas que, cuentan, fueron un modo de imponer su autoridad manipulando a su madre con el miedo a provocarle recaídas. Sea como fuere, el nerviosismo y lo que ha sido tachado de momentos de cierta paranoia, le llevaron a pasar algunas etapas de su vida en sanatorios mentales. Como ven, nunca se desconectó de los doc- tores y el consumo de sustancias formó parte de su vida mante- niendo una relación que sufrió muchos cambios. Y, aunque su relación con la medicina sufrió muchos altos y bajos, siempre consideró que el consumo era algo natural y recurrió al opio como un modo de paliar sus dolores: “Hay unmal contra el cual el opio es soberano, y ese mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica, lógica o far- macéutica, como quieran.” Él decía que esa Angustia cre- aba locos y suicidas, y la medi- cina no entendía el modo en que actuaba, el daño que gene- raba, y acababa el poema cla- mando: “Por vuestra inicua ley po- néis enmanos de personas irresponsables, cretinos en medicina, farmacéuticos cochinos, jueces fraudu- lentos, doctores, comadro- nas, inspectores-doctora- les, el derecho a disponer de mi angustia que es tan aguda como las agujas de todas las brújulas del in- fierno.” Estas son sus palabras en lo que escribe como Carta al señor legislador de la ley de estupe- facientes . En ella pueden ob- servarse un par de detalles a destacar. El primero es que Ar- taud ataca a las instituciones y profesionales de la sanidad, se postula contrario a la manipu- lación que estos hacen del cuer- po de otros individuos. Y es que hay que comprender que Artaud, tras su experiencia con la me- dicina, consideraba que las en- fermedades (especialmente las mentales) daban al médico la posibilidad de anular la libertad del individuo para decidir qué hacer con su cuerpo. No creía que, generalmente (existe algún caso que defiende como excep- ción), los diagnósticos médicos y los tratamientos que seguía fueran correctos o adecuados. Como consecuencia, esta de- fensa a ultranza de la libertad sobre el cuerpo de cada uno, así como un escrito que hizo en 1947, que llamará Van Gogh el suicidado de la sociedad (mo- tivado por su experiencia en manicomios recibiendo elec- troshocks durante nueve años y su odio a la psiquiatría), lo postularán como inspirador de las teorías de antipsiquiatría posteriores y del pensamiento francés de los años sesenta, pues comentaba que losmédicos usa- ban su etiqueta de “loco” cuando no comprendían la genialidad del individuo y la envidiaban, para así controlarlo con sus te- rapias, por eso escribió: “La ley de estupefacientes pone en manos del inspec- tor-usurpador de la salud pública el derecho de dispo- ner del dolor de los hombres: es una pretensión singular de la medicina moderna el querer dictar sus reglas a la conciencia de cada uno. To- dos los balidos de la carta oficial no tienen poder de ac- ción frente a este acto de conciencia más aún que la muerte, yo soy el dueño de mi dolor. Todo hombre es juez exclusivo de la cantidad de dolor físico, y de la va- cuidadmental que pueda so- portar honestamente.” Lo que Artaud pretendía era algo muy sencillo, ser dueño y señor de su cuerpo que, al final, no deja de ser la herramienta del hombre para relacionarse 83 pensamiento psicodélico “Por vuestra inicua ley ponéis en manos de personas irresponsables el derecho a disponer de mi angustia” Artaud entendía cuán caprichosas son las etiquetas que institucionalmente clasifican las sustancias Antonin Artaud, 1926

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