El Cultivador 24
84 pensamiento psicodélico con su realidad, el dispositivo que nos permite disfrutar de esta vida en su materialidad pero, como decíamos, no niega las facultades que para él tiene el consumo: “Y, señor Doctor, ahora que usted está bien ente- rado de lo que puede ser alcanzado enmí (y curado por las drogas), de la zona de conflicto de mi vida, es- pero que sabrá suminis- trarme la cantidad sufi- ciente de líquidos sutiles, de reactores especiosos, de morfina mental, capaces de sobreponer mi abati- miento, de enderezar lo que cae, de juntar lo que está separado, de reparar lo que está destruido.” De hecho, se opondrá a la erra- dicación del opio, a las políticas farmacéuticas y médicas que controlan qué sustancias son buenas y cuales han de ser de- monizadas, y casi se puede aludir a Artaud como un activista. Po- cos comprenderán la proble- mática del consumo del mismo modo que Artaud, que había asistido a los entresijos institu- cionales que lo controlan y ma- nipulan en asiento de clase bu- siness y que entendía cuán ca- prichosas son las etiquetas que institucionalmente clasifican las sustancias, así comentaba en La erradicación del opio: “Mi punto de vista es cla- ramente antisocial. Sólo existe una razón para atacar al opio. No es otra que la del peli- gro que su uso pueda causar al conjunto de la sociedad. Pero este peligro es falso.” El activismo y la subversión tendrán una expresión única en Antonin Artaud. Era sub- versivo con la realidad, una re- alidad con la que no encajaba. En sus años mozos se mudará a París y allí se dedicará a es- cribir, entrando en contacto con personalidades del teatro y tra- bando amistad con personajes como André Breton. Esta amis- tad lo unirá al Surrealismo, que ya había publicado su mani- fiesto, y se unirá al movimiento siendo redactor de buena parte de los escritos surrealistas. El problema era que el pensamien- to de Artaud no permitía ser mercantilizado, se negaba a aco- gerse a ideas preestablecidas y sólo existía para él la verdad personal, única e intransferible de cada individuo. Por tanto, pronto se desbancó de los su- rrealistas y comenzó a confron- tarse con André Breton: “Lo que les pareció con- denable y blasfematorio, por encima de todo, fue que yo no quisiera remitir más que a mí mismo el cuidado de determinarmis propios límites, que exi- giera ser dejado libre y dueño de mi propia acción […] Para mí, el punto de vista de la Revolución in- tegral reside en que cada hombre no quiera consi- derar nada más allá de su sensibilidad profunda, de su yo íntimo.” El surrealismo en Artaud era la posibilidad de rascar en el inconsciente, desproveerse de convenciones y premisas y con- cepciones preestablecidas, para sentir la realidad según la sen- sibilidad personal única. No sólo se desvió del camino del surrealismo en este punto sino también en los modos de ahon- dar en ese inconsciente. Él no pasaba por trucos o rituales que extrajeran mejor el producto del inconsciente: “El surrealismo nunca fue paramímás que una nue- va especie de magia. La imaginación, el sueño, toda esta intensa libera- ción del inconsciente que tiene por objetivo hacer aflorar a la superficie del alma lo que habitualmente tiene escondido […] para míel surrealismo fue siem- pre una insidiosa exten- sión de lo invisible, el in- consciente al alcance de la mano. Los tesoros del inconsciente invisible he- chos palpables, conducien- do la lengua directamente, de un solo chorro. –Y sentencia– El surrea- lismo hamuerto por el sec- tarismo imbécil de sus adeptos. Lo que queda de él es una especie demontón híbrido al que los mismos surrealistas son incapaces de poner un nombre.” Artaud era el maldito por las circunstancias que rodearon su vida. Estas posibilitaron que ya desde sus periodos de juventud, el artista se cuestionara la reali- dad. Más tarde en su vida creyó compartir intenciones con los surrealistas pero su pensamiento poco encajaba con los demás. Él quería liberar a su espíritu para sentir una comunión na- tural entre cuerpo y alma, des- proveerse de las gafas que nos impone lo externo, lo social. Di- cen que, al final de su vida en- contró enMéxico, en un viaje, a los tarahumaras, con quienes conoció una ideología más si- milar a la suya y se inició en los rituales de peyote. Pero, antes también fue creador de una re- volución por todos recordada en la Historia del Teatro e in- fluenció intensamente el mundo del Arte. Sin embargo, para llegar a este último capítulo tendremos que esperar a nuestro siguiente número de El Cultivador , pues éste se nos ha quedado corto para tanta vida. Tarahumaras Antonin Artaud en un fotograma de "La pasión de Juana de Arco", 1928 “Para mí, el punto de vista de la Revolución integral reside en que cada hombre no quiera considerar nada más allá de su sensibilidad profunda, de su yo íntimo”
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1