El Cultivador 25
82 pensamiento psicodélico cual los mitos no habían de- jado de ser animados por las fuerzas subterráneas que los habían engendrado, en la cual el hombre volvía a encontrar al instante su yo profundo, en la cual la fre- cuencia sorda del espíritu dejaba de ser arbitrariamen- te modelada por una fuerza conceptual extraña al ser; en la cual la comunicación, para establecerse, no tenía ya necesidad de palabras.” Así, en el año 1936, llega a México. A su llegada, su per- cepción del entorno parece estar excitada por la emoción de sen- tirse en la senda que lo llevaba hacia la montaña de los tara- humaras. Sólo eso explica que en su relato todo el entorno na- tural esté dotado de un halo de trascendentalidad, tenga una raíz divina, o que pueda aso- ciarse a Platón, o la Atlántida (como alude el propio autor en lo que bien pueden parecer aso- ciaciones caprichosas). Claro es que aunque sea un relato a pos- teriori , está condicionado por la propia subjetividad inherente al autor: “En cada recodo del camino se ven árboles en forma de cruz, quemados voluntaria- mente, o en forma de seres humanos con frecuencia do- bles, uno enfrente del otro, como para manifestar la dualidad esencial de las cosas (…) En la montaña tarahu- mara todo habla de lo esen- cial; es decir, de los principios según los cuales se ha for- mado la naturaleza. Y todo vive por obra de estos prin- cipios: el hombre, las tem- pestades, el viento, los silen- cios, el sol.” Entendiendo que su discurso peca de creatividad en las aso- ciaciones, que pueden verse un tanto convenidas. Cierto es que ante la naturaleza el hombre retorna a su ser más primitivo al alejarse de la materialidad de su existencia, se siente pe- queño ante la ferocidad de la naturaleza y se siente más ani- mal e instintivo a la vez, más impulsivo y menos racional, más físico y menos mental. Y más cercano a lo divino, por ser la naturaleza la expresión más pura de lo divino, si lo hu- biera. Es por ello que entende- mos el discurso pero, en el se- gundo relato, Artaud matiza que su viaje hacia los tarahu- maras no fue tan placentero, pues se vio condicionado por los síntomas de la desintoxica- ción de la heroína, a la que había vuelto en México, tras haber sido adicto por los pro- blemas mentales que sufría: “Yendo hacia los indios sabía que no encontraría opio y además quería encontrarme con el peyote, con un cuerpo virgen de toda otra especie de contactos (…) Llegado al pie de la montaña arrojé en un torrente mi última dosis de heroína, después monté en mi caballo. Al cabo de seis días mi cuerpo ya no era de carne sino de hueso, desecado por la multitud de excremento líquido que había perdido.” El perseguía el peyote con ahínco, buscando respuestas espirituales o, como el propio Artaud decía: “Iba yo al peyote entonces para lavarme” , para acercarse a lo divino, lavándose la materialidad de la conscien- cia. El peyote para los indios era el tobogán hacia el ciguri , y el ciguri la expresión divina No hacían más que obedecer por un lado a una especie de tradición física y por otro responder a los mandatos secretos que les dictaba el peyote Chihuaha Tarahumaras (Lance Fisher)
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