El Cultivador 25

que contiene todo ser y el espí- ritu divino, que no es ni hombre ni mujer. Pues los tarahumaras no creen en ningún Dios, ni si- quiera su lenguaje posee palabra parecida, como el propio Artaud afirmaba: “Hay –dice él– en todo hom- bre un viejo reflejo de Dios en que nosotros podemos aún contemplar la imagen de esa fuerza de lo infinito que un día nos lanzó en un alma y a esa alma en un cuerpo; y es a la imagen de esta Fuerza que el Peyote nos ha conducido porque ci- guri nos llama hacia Él.” Las tradiciones tarahumaras están marcadas por rituales de consumo de peyote en los cuales la danza, como no puede ser de otro modo adquiere una im- portancia espiritual: “En verdad, no me di cuenta de todo esto de una vez y necesité cierto tiempo para comprenderlo; muchos de los gestos de danza, de las actitudes o de las figuras que los sacerdotes del ciguri trazaban en el aire, como si los impusieran a la sombra o los arrancaran del antro de la noche, ellos mismos ya no comprendían; no hacían más que obedecer por un lado a una especie de tradi- ción física y por otro res- ponder a los mandatos se- cretos que les dictaba el pe- yote, cuyo extracto tomaban antes de ponerse a bailar para experimentar trances por métodos calculados.” Artaud halló en la danza un impulso nervioso primitivo que se corresponde con la pureza de espíritu, con la cercanía al yo y la Verdad, y al impulso que no es más que eco del poder divino, del ciguri. Es como si la danza del peyote te aproximara a la inconsciencia y dejara li- bertad al impulso divino, como si habitualmente nuestros es- tados de consciencia nos aleja- ran del verdadero yo, poniendo filtros, articulando la mente se- gún sistemas de conceptos pro- ducto de la sociedad y su evo- lución de pensamiento, que- dando el yo verdadero, el esen- cial, enterrado bajo ellos: “Si el indio es un enemigo para su cuerpo, parece ade- más que le sacrificó su con- ciencia a Dios y que el tubito del peyote lo dirige en ese trabajo. Los sentimientos que irradiaban de él, que pasaban uno tras otro por su faz y que uno leía, evi- dentemente no eran suyos; él no los adoptaba, no se identificaba ya con lo que para nosotros es una emo- ción personal, (…) Nuestro yo, cuando se le interroga, reacciona siempre de lamis- ma manera: como alguien que sabe que es él quien res- ponde y no otro. En el indio no es así.” El indio entiende que su ser no responde, por estar ence- rrado bajo la consciencia. Por tanto, el peyote lo libera y po- sibilita romper la barrera para con lo divino, pues lo divino encuentra su expresión en el verdadero ser. Artaud pudo ex- plicar este proceso al asistir a los rituales de danza, no sin antes haberse ganado la con- fianza del jefe tarahumara. El gobierno mexicano había pro- hibido el consumo y explotación del peyote debido a los proble- mas que su uso recreativo estaba generando y los rituales tribales de peyote habían sufrido direc- tamente tal prohibición, situa- ción que al jefe tarahumara le producía tristeza y preocupación por la posible desaparición de sus tradiciones. Artaud supo ganarse la confianza del jefe indio al comprometerse con su causa y esto le abrió las puertas a la cultura tarahumara en pri- mera persona. Tras frecuentar los ritos de danza, consiguió participar en uno: “Pero la punta de la espada apenas me rasgó la piel e hizo brotar una pequeña gota de sangre. No sentí do- lor alguno, pero tuve la im- presión de despertarme a algo, a lo que hasta ese mo- mento yo era unmal nacido y hacia lo que había sido orientado por el lado equí- voco, y me sentí inundado por una luz que jamás habías poseído.” Durante el tiempo en que Ar- taud consumió peyote admite haber tenido alguna visión du- rante su viaje alucinógeno que ha sido calificada como verda- dera por el sacerdote, pudiendo admitir el artista francés haber estado en contacto con el ciguri, aunque su relato no parece aportar novedades: describe una experiencia enteógena en la que el consumidor, tras pasar unos primeros momentos des- agradables, llega a un senti- miento más sereno, siente que es una parte del todo, que está 83 pensamiento psicodélico Ya no siente el cuerpo que uno acaba de abandonar y que le inspiraba seguridad en sus límites, en cambio, uno se siente mucho más contento de pertenecer a lo ilimitado Los Cenci, de Antonin Artaud

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