El Cultivador 28

53 a pie de calle ser señalado por intolerantes que asumen el consumo de can- nabis como el gran rasgo que define la personalidad de al- guien. Esa discriminación, ese uso del lenguaje habitual con el que muchos se refieren al cannabis, varía en un gran abanico de desprecios y miedos que van desde la simple mofa y burla, a tachar cuasi cualquier consumo como una grave adicción peli- grosísima para la sociedad en la que vivimos, o por crimina- lizar a todo aquel que se atreva a sugerir que en su vida privada está presente la satánica sus- tancia. Bajo dicho clima de des- confianza, es dudoso imaginar a decenas de miles de personas levantarse ante la injusticia de la prohibición, pues para nadie es plato de buen gusto ser un apestado social. Frente a la re- signación de ver cómo el mundo juzga negativamente aquello que desconoce, sólo cabe una solución: acercar lo que para nosotros es una realidad per- fectamente normal a la vida del común de los normales. La in- tolerancia es el refugio de los ignorantes, y es esa ignorancia el punto focal que tenemos que erradicar, explicando en un len- guaje sencillo y simpático qué es lo que hacemos para así nor- malizar nuestra imagen de cara a la galería, utilizando, por ejem- plo, material audiovisual donde se muestre el lado más amable del asociacionismo cannábico y, por qué no, mostrándonos además como entidades cari- tativas y referentes morales apoyando causas que no tengan que ver con el cannabis. Los problemas que te- nemos para unir fuer- zas Es de justicia recalcar los con- siderables avances en esa di- rección llevados a cabo por las federaciones de asociaciones cannábicas que, con su dedi- cación, impulsan reformas po- líticas con el objetivo de regular un sector que quiere poner fin a la prohibición. No obstante, un espinoso problema persiste, impide y retrasa llevar con efi- ciencia la tan necesaria tarea activista. Siendo fácil imaginar que tanto para los clubes que están dentro de las federaciones como para los que están fuera, lo preferible es unir fuerzas y poner recursos en común para engrasar al máximo la maqui- naria legalizadora, podríamos preguntarnos ¿por qué sólo una minoría de clubes decide hacer presión política? Desde luego, no podemos su- poner que a todas a las juntas directivas de todos los clubes cannábicos que pasan del acti- vismo les dé igual acabar en la cárcel por un delito contra la salud pública. Tampoco es de sentido común conjeturar que las discrepancias con el modelo promovido por las federaciones, que en mayor o menor medida las hay e influyen, sean el mo- tivo principal de esa no coope- ración. No, mi humilde opinión es sencillamente que la coyun- tura actual crea una trampa so- cial, un dilema en el quemuchos eligen no costear la causa por- que realmente no hay incentivos suficientes para hacerlo. Dado que no hay una presión social muy grande entre los propios clubes que ayude a potenciar un bien común que tengan que seguir todos, re- sulta más sencillo entender la cuestión pensando fríamente y en términos que hablen es- trictamente de intereses ra- cionales. La legalización tiene un beneficio político que es claro, pero éste también es un beneficio común, pues a nin- gún club se le puede excluir de un cambio legislativo a fa- vor que afectará a todos y cada uno de los ellos. El activismo que propulse esta legalización se convierte entonces en un La intolerancia es el refugio de los ignorantes, y es esa ignorancia el punto focal que tenemos que erradicar

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1