El Cultivador 28

82 pensamiento psicodélico y preservar una cultura en particular, a veces en contra de cambios culturales y so- ciales.” Aunque el cariz clasista era innegable, se daban también clubes dedicados a los deportes, los viajes, el arte, o clubes de antiguos alumnos de universi- dades, o de cuerpos del ejército, como el Athenaeum, el Army and Navy, el Reform, el Oxford and Cambridge Club, o el Royal Automobile Club, todos ellos en la calle Pall Mall o aledaños, zona definida como el “ clu- bland ” por excelencia. La mayoría de estos clubes respondían arquitectónicamen- te a unos presupuestos clásicos, imitando la tipología de templo griego, y estaban compuestos por numerosas dependencias, desde biblioteca (muchas de ellas, de importancia), comedor, lounge , hasta sala de fumadores o sala de billar. Progresivamen- te, algunos añadieron habita- ciones para sus miembros. Al- gunos de ellos, pernoctaban allí pues lo preferían por encima de otras opciones habituales. El club llegaba a ser considerado por el gentleman como una se- gunda casa. ¿Y las mujeres? Pues para las mujeres ya había otros lugares, y tendrían que esperar hasta finales del siglo XIX para ver algún club femenino, o hasta el siglo XX para que se relajaran los requisitos de acceso a estas asociaciones, amenazadas por la necesidad de mantener a sus socios. El Carlton Club, repleto de miembros del partido con- servador, negó al género feme- nino la posibilidad de gozar de la membresía total (sólo per- mitían el acceso de las mujeres a algunas zonas, como el bar), hasta que aceptaron a Magaret Thatcher entre sus miembros. El orientalismo y el fumoir Ya antes, con Napoleón en Francia, se había excitado el gusto por las culturas antiguas y el orientalismo, gracias a las campañas que había realizado en Egipto y Siria. Posterior- mente, la literatura, con autores como Lord Byron o las traduc- ciones del Kama Sutra (1883) y Las mil y una noches (1885), así como la pintura romántica colaboraron a la creación de un imaginario oriental plagado de interpretaciones. Sólo hay que observar la obra del francés De- lacroix, Mujeres de Argel , para comprender por qué tal atrac- tivo. Incluso nuestro país no pudo escaparse de esto. Aunque ahora consideremos que nuestro país es ejemplo de exotismo por eso de la flamenca y el toro, lo cierto es que durante el siglo XIX, Es- paña era reconocida fuera de nuestras fronteras por su mes- colanza cultural, por haber sido lugar de confluencia de culturas (cristiana, judía, musulmana, gitana…) y por el eclecticismo de sus formas. Así, cuandoWas- hington Irving, literato ameri- cano, pasó por aquí, no pudo resistirse a escribir Cuentos de la Alhambra (1829) , potencian- do el exotismo español desde la imagen de la arquitectura hispanomusulmana. No obstante, el gusto por lo oriental cada vez más patente en Europa no puede entenderse sin la carrera imperialista de- cimonónica, durante la cual las grandes potencias europeas am- pliaron sus fronteras y jugaron a repartirse el mundo. Las co- lonias se perfilaban entonces para cualquier hombre aven- turero, como la promesa de nuevos mundos por exprimir y de los que retornar rico. Ése era el “sueño americano” del XIX en Europa. Si bien estas campañas y co- lonias incrementaron los cono- cimientos de las culturas orien- tales, no siempre el estudio de las mismas se hizo del modo más conveniente. “Orientalis- mo”, de hecho es el estudio de culturas orientales, pero a la vez designa la representación de aspectos de dichas culturas que, lejos de ser interpretados de un modo desprejuiciado, tienden a ser imitados o misti- ficados, generando una imagen distorsionada de su realidad cultural y contribuyendo a la creación de tópicos estereoti- pados. En el siglo XIX, la idea de orientalismo no era nueva, pero sí se asentó definitivamente como tema. Oriente, en oposi- ción a Occidente, era visto como exótico, decadente y corrupto, como un lugar peligrosamente seductor y esto quizá era así porque la idea de oriente surge como un espejo en occidente se mira y se saca los defectos, aquellos más ocultos o moral- mente cuestionables. Obvia- mente, esta idea destila ego- centrismo, el del lado del colo- nizador, el del lado del poderoso que asume en sí mismo carac- terísticas positivas mientras piensa que el colonizado es in- ferior y aún posee cualidades negativas. El orientalismo es, por tanto, el prejuicio del po- deroso y también su espacio de imaginación y escapismo (ero- tismo, exotismo, fantasías...). Así, a través de las colonias de África, llegaron a España los El orientalismo es, por tanto, el prejuicio del poderoso y también su espacio de imaginación y escapismo (erotismo, exotismo, fantasías...) Mobiliario y objetos decorativos, Château Dufresne (Thomas1313, Wikipedia)

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