El Cultivador 28
84 pensamiento psicodélico hasta el siglo XIX cuando la Revolución Industrial comer- cializaría de modo masivo el tabaco, popularizándose en Eu- ropa como una seña de lujo, como un símbolo del poder ad- quisitivo. Sin embargo, en la burguesía y clases altas, el olor del tabaco no sentaba tan bien y pronto comenzó a preocupar que la casa se llenara de olores. Para ello se creó el fumoir , y se decoró habitualmente con mo- biliario también de estilo árabe. Como define la Guía del Museo del Romanticismo: “El fumoir o fumador apa- reció con el fin de dotar al padre de familia de una at- mósfera no tan rígida, sino más evocadora del sueño y el bienestar. Era un lugar para retirarse a fumar, que invitaba al reposo; de ámbito privado y semipúblico, para visitas de total confianza. Normalmente, la decoración estaba inspirada en el mun- do oriental y, en especial, árabe.” Pufs de diferentes tamaños, sofás que se adaptaban a la estancia, reposaderos, divanes, y una rica decoración anima- ban los gabinetes orientales españoles. De todos los objetos que las plagaban, hemos de destacar que era frecuente el gusto por el coleccionismo (aperos de caza, mesas, cuer- nos de algún animal, instru- mentos...) y es habitual que en algunas salas árabes se en- contrara parafernalia de fu- mador de calidad, importada de diversos lugares, o adqui- rida en subastas, como pipas de fumar, juegos de fumador de opio en cerámica que pro- venían de China... También es común encontrar en estas estancias ricas pinturas con diversos temas centrales que, en general, aluden a la mas- culinidad, como la represen- tación del Rapto de las Sabinas en la sala árabe del Museo Ce- rralbo en Madrid. Como sucedía en los clubes de caballeros, la entrada a la sala turca está censurada para la mujer, que en la distribución de la vivienda burguesa tiene su propio apartado, la estancia del boudoir, lugar en que se acicala y se alista la fémina, comparte secretos y momentos con otras mujeres y donde, además, puede invitar a algún hombre para un encuentro se- xual. Si se fijan, el fumoir le niega el acceso a la mujer y la mujer invita al hombre al bou- doir. Es obvio que la diferencia de género, en este caso, se hace tangible en la división del hogar: el espacio femenino está dedicado a aspectos más superficiales, como la belleza; mientras que el espacio mas- culino está centrado en el bien- estar y la paz del hombre (mientras nadie le importuna y él no importuna a nadie con el olor de su tabaco y el ruido de sus pensamientos). Hoy son pocos los gabinetes orientales que permanecen in- tactos, pero el fumoir se ha extendido como estancia a es- pacios más públicos que van desapareciendo tambiénmien- tras se endurecen las leyes an- titabaco. Seguro que muchos recuerdan las smoking rooms de los aeropuertos, esas urnas de cristal cubiertas por carteles promocionales de tabaco, don- de se hacinaban los viajeros enmonados. Pero sin ir atrás en el tiempo, incluso las aso- ciaciones de fumadores pue- den constituir un buen ejemplo de la pervivencia del fumoir , sin ese halo de orientalismo y, lo mejor de todo, sin las di- ferencias de género. Muebles del fumoir del palacio del marqués de Dosaigües (Dorieo, Wikipedia) no sería hasta el siglo XIX cuando la Revolución Industrial comercializaría de modo masivo el tabaco, popularizándose en Europa como una seña de lujo era frecuente el gusto por el coleccionismo y es habitual que en algunas salas árabes se encontrara parafernalia de fumador de calidad
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