El Cultivador 30

51 a pie de calle Aunque este hecho, si nos ajustamos a esas reglas del juego a las que llamamos Cons- titución, es así, y de ahí a que sea imprescindible el papel que juegan los activistas cuando juzgamos al proceso democrático como base del surgimiento del derecho a tra- vés de la lupa de los derechos humanos, todo se vuelve extra- ñamente más confuso. Y es que, como veremos en ade- lante, la simple (y también popular) idea de que todos los seres humanos, sencillamente por el hecho de ser seres huma- nos, gozamos de una serie de derechos es, en gran medida, incompatible con la idea de que estos deben nacer de la voluntad popular. Para cualquier lector demó- crata defensor de los derechos humanos, estas palabras podrán parecer chocantes y, sin embargo, el punto de con- troversia responde únicamente a una cuestión de prioridades. Hoy en día, tan o más impor- tante es en el imaginario colec- tivo de la democracia, como que el ordenamiento jurídico no esté basado en la superio- ridad de una casta, raza o grupo social que se privilegie oprimiendo al resto de la población ¿Por qué? Esen- cialmente porque no tolera- mos la vulneración de ciertos

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