El Cultivador 30
a pie de calle justo o no del derecho al canna- bis, tiene una respuesta compli- cada y no resuelta en el marco teórico-filosófico donde el debate lleva servido desde hace siglos. Hay quien cree, incluso, que intentar indagar en ello es una ilusión subjetiva que varía en función del enfoque de cada per- sona. A pesar de esto, nada parece impedir que cada cual haga sus propios juicios de valor para defender su particular punto de vista y considere a sus argu- mentos morales superiores al resto de personas, por ejemplo, al mencionar la naturaleza ética, al parecer subjetiva pero a mi entender clara, que tienen la ablación del clítoris, los asesi- natos, los genocidios, la esclavi- tud o la corrupción. Dado que creo aventurado con- siderar que poseo una verdad moral objetiva que, por casuali- dades del destino, el resto de personas no conocen, no puedo sino suponer que la argumenta- ción ética debe comenzar por las intuiciones morales más básicas compartidas por la población, que debe ir confirmándose o corrigiéndose de forma adecuada para alcanzar la coherencia que no tiene, por contra, la ideología prohibicionista. Los tres principios éticos propios de una sociedad abierta, tolerante y responsable, que aglutinan a gran cantidad de conquistas socia- les relativamente modernas y aplaudidas por muchos, tales como la libertad religiosa, la liber- tad de prensa, de asociación, de pensamiento y demás, y que ade- más están en sintonía con el res- peto a la diversidad del ser humano fijando reglas simétricas, universales y funcionales, ayu- dando con ello a la resolución de gran cantidad de conflictos socia- les y que, naturalmente, recono- cen el derecho al cannabis, con- cuerdan con esas intuiciones bási- cas que comentábamos antes y pueden ser recogidos de la siguiente forma: el primero de estos principios sería el principio de libertad, donde, tal y como ocurre en nuestro derecho penal, somos libres hasta que haya pode- rosos motivos para que dejemos de serlo, como libres somos para profesar la fe que queramos, pen- sar como queramos o amar a alguien independientemente de su sexo, y como libres deberíamos ser para producir, distribuir y consumir cannabis si es que no hay premisas lo suficientemente fuertes para revocar dicho prin- cipio; el segundo de estos prin- cipios, que permite a los seres humanos establecer reglas para relacionarse con losmediosmate- riales que necesitan, sería el prin- cipio de propiedad, en el que, una vez más, ya se ven protegidos distintos derechos entre los que encontraríamos, por ejemplo, la libertad para poseer una cuenta en una red social, periódico o radio desde donde podamos expresarnos más o menos libre- mente, o la libertad para construir un edificio religioso en el que podamos profesar como nos plazca nuestra propia fe y, por extensión, el derecho que también deberíamos tener para poseer las zonas de cultivo e infraestructuras para la obtención del cannabis que necesitemos. Como dicen los ingleses “my home is my castle” , mi casa es mi castillo y en ésta regirán mis reglas para expre- sarme, orar o cultivar cannabis como venga en gana. Un último principio que sal- vaguardaría definitivamente nuestro derecho al cannabis y nos permitiría relacionarnos con otros seres humanos respetuo- samente sería el principio de contratos, que ya reconoce el contrato del matrimonio entre personas del mismo sexo o el derecho de asociación de los tra- bajadores para formar sindicatos y que, de la misma forma, debe- ría proteger el derecho a inter- actuar libremente entre nosotros para cultivar, distribuir o con- sumir cannabis, ya sea en forma de clubes cannábicos o permi- tiendo la existencia de institu- ciones diferentes. Estos principios, si bien escasos pero firmes y coherentes con nuestras modernas conquistas sociales y con los derechos huma- nos, protegen igualmente a todos los ciudadanos, siendo especial- mente útiles para reconocerles una esfera de elección amplia, sobre la cual no cabe intervención prohibicionista gubernamental. Los derechos que estos principios ayudan a afianzar han sido cons- truidos con mucha dedicación y tiempo, con lo cual, puede que el derecho al cannabis aún no esté tan cercano como nos gus- taría. Por ello, tenemos que recla- mar como nuestra e interiorizar la bandera de los derechos huma- nos, para así acudir, con lamayor prontitud posible, a la cita con el reconocimiento del derecho al cannabis. Libertad y buenos humos. “my home is my castle” , mi casa es mi castillo y en ésta regirán mis reglas
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