El Cultivador 30
78 pensamiento psicodélico Las primeras décadas tras el descubrimiento de América fue- ron ignorantes, en lo que a tabaco se refiere. La Corona española, al conocer de su exis- tencia, pronto se interesó y enviaron a distintas personali- dades (científicos, botánicos, religiosos, etc.) a recabar más información. El estudio de los documentos de estas primeras épocas arroja resultados un tanto confusos. Se desconoce con seguridad quién fue la primera persona que introdujo semillas de tabaco en España. La opinión de los historiadores difiere: algunos defienden que sería Rodrigo de Jerez, compañero de Colón en su primer viaje y fumador neó- fito quien, se decidiría a traer consigo las primeras semillas a España para sembrarlas; otros creen que fue fray Ramón Pané; y otros, hallan en la persona de Hernández de Boncalo al cul- pable de introducirla, pues exis- ten documentos que explican que, respondiendo órdenes de Felipe II, fue a investigar acerca de la flora del nuevo continente, especialmente las plantas con propiedades curativas. Sea como fuere, la aceptación del tabaco, aunque progresiva, no decayó y siguió ganando adeptos, no sólo en España, sino también en otros países. Luis Rafael en Identidad y des- colonización cultural. Antología del ensayo cubano moderno explica (en la frase de inicio de este artículo) de un modo muy sencillo y acertado que el motivo de la fuerte propaganda del tabaco es su identificación con una “pícara tentación”. Aquí aplica aquello de “no hay nada mejor que la mala publicidad” y “nada más atractivo que lo prohibido”. Y, para el pueblo que creó la picaresca, estas exó- ticas y excitantes razones eran más que suficientes para des- pertar su curiosidad. Además, la legitimación del tabaco por la monarquía, que ya por el siglo XVI lo cultivaba en los jardines de palacio y decoraba susmesas con jarrones de sus flores, constituyó la vía más rápida para su aceptación en los círculos de cortesanos, que corrieron a imitarlos. En este aspecto, particular importancia tiene la legitima- ción del tabaco por la corte de Catalina deMédicis. La historia cuenta que a ella llegaron semi- llas de tabaco que traía Damián de Goez. Este se encontró con Joan Nicot, embajador francés en Portugal, que curó a un paje de la reina con hojas de tabaco aplicadas sobre las úlceras. Al ver el resultado, Catalina de Médicis adoptó el tabaco, cam- biando su nombre a nicotiana , hierba medicea o catherinae en honor a Joan Nicot en 1560. Fue, además, su corte la que comenzó a usar el tabaco en polvo, denominado rapé. Así, durante el siglo XVI la influencia del tabaco caló hasta en la literatura. Un ejemplo de ello es el elogio que Nicolás de Monardes le dedica en su obra La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1565): “Tiene virtud de calentar, resol- ver, con alguna estipticidad y confortación. Coglutina y suelda las frescas heridas y las cura (…) Y esto mismo hacen en cualquier dolor que haya en el cuerpo y en cualquier parte dél (…) Asimismo los demás indios por su pasatiempo tomaban el humo del tabaco para embo- rracharse con él y para ver aque- llas fantasmas y cosas que se le representaban”. En 1606, la Corona española controlaba la salida del tabaco desde el Nuevo Mundo y la había limitado a ciertos puertos generando así, más opciones para el contrabando. Con el propósito de frenar el tráfico ilegal, Felipe III decreta mediante una Real Cédula en 1606 la prohibición de la siem- bra de tabaco (en Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico y Vene- zuela) por diez años. En el artículo “El tabaco una planta intervenida en el imperio español. De la prohibición al cultivo regulado en España”, Santiago De Luxán Meléndez explica así esta restrictiva acción real: “Las alarmas se encendie- ron cuando los barcos ingleses, holandeses y portugueses comenzaron a “rescatar” tabaco en las costas de Venezuela a comienzos del siglo XVII. La reacción de la Corona fue, como señalábamos, prohibir el cultivo en determinados territorios de Venezuela y en las principales islas caribeñas, en los que se producía dicha planta”. Por estas fechas, como comenta Antonio Gutiérrez Escudero en “La Casa de la Contratación y el comercio de la Española: azúcar, tabaco y La Corona española no tardó en percatarse de los buenos ingresos que la venta y distribución de tabaco podían granjearle Nicotiana Tabacum, flores y semillas (Wellcome images, Wikipedia)
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