El Cultivador 31

a pie de calle cannabis no dejamos de ser, en principio, personas iguales a cual- quier otra por el simple hecho de consumir y, como tales, ante el imperio de la ley deberíamos regirnos por unas reglas que nos traten con la misma imparciali- dad, desterrando con ello toda discriminación injustificada. Pero, para ello es imprescindi- ble, en primer lugar, que haga- mos a un lado el miedo y ver- güenza que refuerzan un estigma repugnante sobre nosotros y ennegrece cualquier análisis cohe- rente sobre nuestra situación legal. Sólo a partir de ahí podre- mos reivindicarnos adecuada- mente y romper los tabúes más corrientes que suelen comentarse sobre nosotros. Las excusas que hay detrás de ese trato desigual Muchos opositores al cannabis legal suelen advertir que, con la práctica de nuestra particular afi- ción, los usuarios de cannabis producimos una serie de exter- nalidades negativas que obligan a terceras personas a cargar con unos costes que no desean. En otras palabras, esto vendría a decir que cuando algún consumidor, por ejemplo, se fuma furtivamente un porro por la calle, incurre en una acción desconsiderada para con las demás personas, pues éstas no tienen por qué aguantar ni los olores ni la influencia que dicho consumo pueda tener en los más pequeños. Esta discriminación no deja de ser, a fin de cuentas, otra cosa que una exclusión irracional

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