El Cultivador 33

a pie de calle señalado, decide mantenerse al margen del desarrollo legalizador que traen los clubes. No obstante, en algún momento el consumi- dor, asentado y cómodo dentro de unas comunidades en las que no son juzgados por consumir cannabis, se dará cuenta que no tiene nada de qué avergonzarse y de que no es peor persona sim- plemente por utilizar cannabis. Es de esperar que este senti- miento acabe arraigando pronto de un modo u otro en unos ciu- dadanos que deben tomar cons- ciencia de clase oprimida por un gobierno que, en cualquier momento, puede privarles de un derecho recientemente adquirido que ya deberían estar disfrutando plenamente. Cuando esto suceda (por el bien de estos y del propio marco legal), la fuerza del movimiento cannábico debería crecer expo- nencialmente, y esto será, en gran parte, por el funciona- miento de los clubes cannábicos de autoconsumo. Sin escatimar elogios ante las mencionadas asociaciones que aseguran el derecho de tantos a relacionarse dignamente con el cannabis, es de justicia comentar que este cambio, de producirse y a mi humilde juicio, debe ser el precedente de otros tantos pasos a seguir para ente- rrar definitivamente a la pro- hibición de todas las drogas ile- gales. Ninguna droga prohi- bida Aunque hay mucha gente que asume que quienes consumimos cannabis somos receptivos a juguetear alegremente con otras drogas, lo cierto es que muchos de nosotros no tenemos ni puñe- tera idea de qué se siente al consumir otras drogas o ni siquiera conocemos gente que use determinadas drogas. No por ello se puede decir que des- conocemos completamente la realidad de esos otros usuarios de drogas ilegales, ya que la política represora que sufrimos con nuestra droga posee un patrón de consecuencias y un estigma análogo al de otras. Así pues, y siendo conscientes de todos los consumidores de dro- gas ilegales sufrimos de la pro- hibición, ¿debemos dejar que otros sientan las penurias de las que nos hemos desecho nos- otros? Cabalgar dobles varas morales, que es lo que supondría defen- der la legalización del cannabis y no la de otras drogas, es lo que nos ha llevado a prohibir unas sustancias con riesgos para la salud y no otras, como son otras drogas de prescripción médica, el alcohol, el tabaco, etc. Este abordaje desigual trae consigo un cúmulo de fatídicas consecuencias para las sustan- cias que caen del lado de la pro- hibición. Este punto debería hacer pensar al activista can- nábico si aquellos que consumen otro tipo de drogas ilegales se merecen, por ejemplo, estar incentivados a realizar un con- sumo irresponsable por ser éste clandestino, antihigiénico y sin supervisión; o si éstos se mere- cen estar atemorizados por el rechazo social del que nosotros nos estamos liberando y, debido a ello, recelar de compartir sus experiencias negativas por el miedo a ser juzgados moral- mente, con todos los problemas de salud pública que eso con- lleva. Todo ello, sumado a que la propia ilegalidad hace fre- cuente el abandono de aquellas formas más seguras de admi- nistración de las drogas ilegales y su relevo por formas más potentes e insalubres, como afirman algunos autores que señalan cómo la prohibición del alcohol promovió la sustitución del consumo de vino y cerveza por otros licores más concen- trados, rentables y peligrosos; cómo la aparición de la heroína inyectable fue posterior a la prohibición del opio fumable; o, como ocurre actualmente, cómo la imposibilidad de adqui- rir la forma más tradicional de cannabis ha sido sustituida en aquellos lugares donde es más fácil encontrar las tan peligrosas y potencialmente mortales “marihuanas sintéticas”. Los activistas cannábicos tene- mos que entender que aquellos que fomentan la prohibición de unas drogas concretas caen en el error lógico de comparar cosas reales, como son los casos de personas que sufren los ries- gos de las drogas bajo un marco permisivo, con la alternativa idealizada e irreal de una pro- hibición donde los casos se van a dar igualmente pero sumando otros muchos problemas. Si la lección que se plantea parte de soluciones que no casan con el mundo real, cosa que los con- sumidores de cannabis podemos entender perfectamente, da lugar a una falacia del nirvana que debe ser desmontada espe- cialmente por aquellos que sabe- mos que los postulados de la prohibición son inverosímiles. Debemos refutar que el objetivo deba ser crear un mundo que no casa con la naturaleza humana y dar respuestas desde la única opción realmente válida: la legalización. Libertad y buenos humos.

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