El Cultivador 33

75 pensamiento psicodélico Esta sección de El Cultivador tiene encomendada la labor de tratar aquellos puntos en los que confluyen arte y dro- gas. Como leen, he escrito “punto”, pues éste es quizás el mejor modo de resumirlo. “Punto” puede ser una persona o un tema, una excusa, en definitiva, para ahondar en la relación que existe entre el consumo de sustancias (ente- ógenas preferiblemente) y el arte, en tanto que es una expresión humana. Kenny Scharf es el punto de hoy. H emos encontrado un personaje idó- neo para este espacio, pues en su obra hace alu- sión al consumo de enteógenos, a veces de un modo directo y otras de un modo más implícito, atenuando las barreras que entre la fantasía de la alucinación y la realidad existen. Comenzó su carrera como artista en los años ochenta, en Nueva York, y desde entonces ha ido desarrollando su trabajo desde la multidisciplina- riedad, en soportes como la pintura, la escultura, el video, el diseño de ropa y la performance, entre otras cosas. Aunque su obra sea tan diversa, toda su producción parece compartir una filosofía común. Él no sólo pretende seguir la máxima de hacer siempre el mejor trabajo posible, sino que explica con sus palabras que “un principio muy importante y orientador de mi trabajo es llegar más allá de las fron- teras elitistas del arte y conectar con la cultura popular a través de mi arte”. Este afán de universalidad es al menos perceptible en su lenguaje visual, en las formas que toman sus representa- ciones. Kenny Scharf logra llegar a todos los públicos, haciendo uso de un lenguaje visual alusivo a la cultura de masas, a la televisión y al cartoon . Algunas de las influencias de su len- guaje pueden hallarse en series de nuestra infancia que, seguro muchos recuerdan, como The Jetsons (Los Supersónicos , en España) o The Flins- tones (Los Picapiedra) , o incluso en artistas como Yves Tanguy. ¿A qué se debe su interés por el dibujo animado como lenguaje visual? El dibujo animado como lenguaje visual es muy potente, aunque sea tachado de infantil. Buena prueba de ello son las películas de dibujos ani- mados destinadas al público adulto, que se han popularizado gracias a las producciones niponas. Algunos de los títulos más reconocidos son Akira (1988), dirigida por Ralph Bakshi, Per- sépolis (2007), Vals con Bashir (2008) o cualquiera de Hayao Miyazaki. En ellas, como en el caso de la obra de Kenny Scharf, el dibujo animado se plantea como el lenguaje idóneo, por las posibilidades que permite a pesar de ser más laborioso. Desde Hammer Museum comentan que “como parte de la primera gene- ración en crecer con la televisión, Scharf está interesado en la inmediatez de la imaginería popular, en particular los personajes de los dibujos animados. Estas figuras familiares, casi univer- salmente entendidas, transmiten emo- ciones complejas a través de medios simples y pueden sugerir movimiento incluso en imágenes estáticas”. 1 Esto es bien cierto. El lenguaje de la animación, más sencillo en su expresión de las emociones humanas, también es más rotundo y universal y es, como la imagen real, capaz de transmitir Kenny Scharf logra llegar a todos los públicos, haciendo uso de un lenguaje visual alusivo a la cultura de masas Scharf por Lupe Casillas

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