El Cultivador 35
51 a pie de calle ocurriera el pueblo catalán no se lo terminaba de creer del todo y, al final, nos pilló por sorpresa. A un servidor, además, le cogió entre porros y en la sede de su club cannábico barcelonés, reconvertido, espontáneamente, en un improvisado centro de debate al cual se iban sumando voces conforme avanzaba el día y más socios hacían su aparición. Los unánimes argumentos de indignación y el desconcierto de vivir un día, como poco, curioso, revelaron un detalle en el que nadie había caído, y es en que el Estado, a fin de cuentas, no hizo otra cosa que utilizar el monopolio de la violencia física para evitar una ilegalidad. Una acción de la que, además, nos habían avisado. La vía por la que se optó, es decir, la fuerza, está siem- pre presente y se le puede dar rienda suelta legalmente con más facilidad de la que somos conscientes. Esto es así tanto para los catalanes el Estado, a fin de cuentas, no hizo otra cosa que utilizar el monopolio de la violencia física
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