El Cultivador 4

54 pensamiento psicodélico un amplio bienestar, una visión mucho más profunda, una mejor experimentación de la Belleza, la Verdad y el Bien de lo que lo hacía antes, tras las “rendijas de su celda”. También dejó extensas impre- siones sobre sus estados, algunas de difícil compren- sión, que recuerdan a intoxi- caciones por exceso, como “ahora, pasado un tiempo, el espacio también se expandió… todo el ambiente parece dúctil y gira sin cesar. Gira hacia los grandes espacios que me rodeaban por todas partes”. Al margen del redescubri- miento actual de este libro, traigo a colación y hago hincapié en este autor por la sustancia, el cannabis, y el impacto cultural y literario que supuso su obra en el mundo intelectual, y, espe- cialmente, en el Psiconáutico. John Hay, que se convertiría en confidente cercano del pre- sidente Lincoln y más tarde en Secretario de los gigantes y unidos Estados Americanos, recordaba la Universidad de Brown como el lugar “donde solía comer hachís y soñar los sueños” y mencionaba como, después de leer a Ludlow, sintió la necesidad de saber si realmente era un estimulante de la imaginación tan maravi- lloso. Uno de sus compañeros de universidad sentencia “Cuando Hay tomó por primera vez hachís, marcó un antes y un después para los habitantes del Hope College (residencia oficial de la Universidad de Brown)”. Sin embargo, el logro del libro no quedó en estos datos anecdóticos aunque significa- tivos. Durante los veinticinco años posteriores a la publica- ción del El Comedor de Hachís muchas ciudades de Estados Unidos abrieron salones privados para el consumo de hachís. Por desgracia, estos hechos colisionaron con la moralina americana, que ha persegui- do al cannabis, a lo largo de la historia y a lo ancho del planeta, desde que cobró conciencia de su consumo y sus “alienantes” efectos. Con los clubes de consumidores de cannabis comenzó la con- troversia sobre la legalidad y el uso. Contemporáneos a Ludlow, un grupo de artistas y personas de renombre, por ocupación o condición, con interés por las sustancias psicoactivas (especial- mente el opio y el hachís), con- fluyeron en París y formaron el grupo conocido como El Club de los Hachichins (Le Club des Hashishins) . Charles Baudelaire, Alejandro Dumas, Theophile Gautier, el Dr. Jacques-Joseph Moreau, Gérard de Nerval o Eugène Delacroix eran algunos de sus prestigiosos miembros. Las reuniones solían llevarse a cabo en el Hôtel de Lauzun (Actualmente el Hôtel Pimodan) en la Île Saint-Louis. La principal actividad del club se centraba en experi- mentar con resina de cannabis, charas indio, e inter- cambiar experiencias con su uso y su abuso. Aunque se cree que la creación artística siempre estaba presente, las actividades del club trascendí- an estos menesteres y se extra- polaban al estudio científico, el consumo de otras sustancias y la tutela psicodélica. Si nos referimos a la aporta- ción del grupo al concreto pensamiento psicodélico, dejando a un lado las obras que pudieron surgir, hipotéti- camente, de su consumo, debemos destacar a Moreau y el estudio publicado en 1845 sobre “El Hachís y la aliena- ción mental” donde hace una detallada investigación en la que relaciona el sueño, la alu- cinación y los efectos del hachís. Suele afirmarse que este es el primer estudio cien- tífico no concluyente sobre el cannabis. Por último debemos destacar, sin lugar a dudas, Las flores del mal (Les Fleurs du mal) , de Baudelaire. Esta colección de poemas, oscura e innovadora, donde las decla- raciones en contra del orden establecido (la sociedad burguesa) y a favor del consumo de ciertas sustancias se entremezclan con otras muchas cuestiones relaciona- das con la condición humana, convirtiéndose en una de las más influyentes e importantes obras de poesía de todos los tiempos. La publicación de este compendio se sucedió de una “condena por inmoralidad”. La sentencia obligó al autor a excluir seis poemas de la edición impresa y a pagar 300 francos. No era una época adecuada para llevar la protesta al extremo, pues por menos de nada se cuestionaba la validez de una vida. Sin embargo, Baudelaire protestó moderadamente, afirmando que la obra no podía concebir- se de otra forma que no fuese un todo orgánico. Para despedirnos por ahora, continuando la tarea de la con- textualización Psiconáutica en posteriores entregas, repro- duzcamos las eternas palabras del mismísimo Baudelaire, versos utilizados para introdu- cir al lector, interpelándolo, en el apasionante universo de Las flores del mal : AL LECTOR La necedad, el error, el pecado, la tacañería, ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos, y alimentamos nuestros amables remordimientos, como los mendigos nutren su miseria. Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes; nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones, y entramos alegremente en el camino cenagoso, creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas. Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto que mece largamente nuestro espíritu encantado, y el rico metal de nuestra voluntad está todo vaporizado por este sabio químico. ¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven! A los objetos repugnantes les encontramos atractivos; cada día hacia el Infierno descendemos un paso, sin horror, a través de las tinieblas que hieden. Cual libertino pobre que besa y muerde el seno martirizado de una vieja ramera, robamos, al pasar, un placer clandestino que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja. Oprimido, hormigueante, como un millón de hermintos, en nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios, y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones desciende, río invisible, con sordas quejas. Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio, todavía no han bordado con sus placenteros diseños el canevás banal de nuestros tristes destinos, es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada. Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos, los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes, los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes en la jaula infame de nuestros vicios, ¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo! Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos, haría complacido de la tierra un despojo y en un bostezo tragaríase el mundo: ¡Es el Tedio! – los ojos preñados del involuntario llanto, sueña con patíbulos mientras fuma su pipa, tú conoces, lector, este monstruo delicado, -hipócrita lector, - mi semejante, - ¡mi hermano! El Psiconauta nunca tomaría una sustancia que no sabe lo que es, por lo que adquiriría el producto, lo analizaría y luego decidiría si quiere consumirlo o no

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