El Cultivador 4
entrevistas 82 estudiando Medicina en la facultad. Al año y medio re- conoció que debía ser más estricto con la carrera o asu- mir su relación con el arte. En una reunión social escu- chó a un amigo que, sin di- rigirse a él, dijo una frase clave: “si te gusta el arte tienes que de- dicarte”. Fue una epifanía: inició sus estudios de profesorado de pintura de la escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, y le resultó “una experiencia muy in- tensa porque profesional- mente, a nivel de enseñanza artística, me desilusionó, pero algunos profesores y mis compañeros de la es- cuela hicieron que sea ma- ravilloso”. En las clases era uno de los mayores y formó un grupo de amigos indivi- sible. A los pocos meses co- menzó a trabajar en la Fun- dación Proa (un centro de arte contemporáneo ubi- cado a metros de Caminito, en el barrio de La Boca) para guiar las visi- tas turísticas y colaborar en las tareas de armado de es- cenografías. Una noche vol- vía con un amigo en un autobús (el lugar donde nacen los grandes proyec- tos, porque ya sabemos que éstos se conciben en movi- miento), y éste le ofreció trabajar en el Malba como montajista. Esa noche no se imaginó que, una década después, el museo le com- praría una obra. Y mucho menos que estaría hecha con marihuana. Fernando trabajó con los prestigiosos artistas latinoa- mericanos, León Fe- rrari y Roberto Ja- coby, y fue becado en los talleres de pintura de los artistas Carolina Antoniadis y Juan Doffo. Estudió Filosofía con Cecilia Marteau y foto- grabado con Esteban Álvarez. Con el Grupo Ø realizó expo- siciones en varios centros culturales y espacios de arte, y junto a Mariano Dal Verme y Beto De Volder integra el equipo de montaje de museo Malba, con el que llevó a cabo el proyecto La Re-colección. Pero, además de los mons- truos, hace acuarelas. Co- menzó con su afición a los pintores naturalistas del siglo XIX, que tenían por función catalogar flores y desarrolla- ron un estilo de dibujo que resultó uno de los orígenes de la fotografía. Interesado en eso -y porque hay cientos de tipos que pintan rosas-, él comenzó a pintar cogollos. Hace algu- nos años encontró una pin- tura de flores en una plaza, y en 2011 decidió presentar un indoor con timer, cooler, luces y ese mismo bastidor como tapa. La discusión -en aquel entonces- era si poner o no una planta en su inte- rior, pero no se animaron. Por eso ese año decidieron darle vida a King Kong. ¿Cómo empezó tu histo- ria con el cultivo de can- nabis? Llevo un año cultivando. En realidad empezó mi her- mano, que falleció hace poco. Su relación con la planta fue linda, pero marginal, y su consumo de prensado de mari- huana también. Vivía en el campo, tenía muchos conoci- mientos de botá- nica y una huerta, pero se cansó. Un amigo le regaló unas semillas de marihuana, se fas- cinó al plantarlas y co- menzó su propio cultivo. También hizo cultivo de guerrilla, que le dio una mega pro- ducción. Era una persona muy arisca, y tener sus pro- pias plantas le resultó bene- ficioso porque no quería relacionarse con la gente ni venir a Buenos Aires, ya que vivía en Chascomús (a unos 133 kilómetros por autovía). Gracias a él desarrollé mi afecto por la planta, y
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