El Cultivador 40

12 actualidad y activismo que podrá tomar decisiones que mejo- ren el poder de su elección y provoquen un comportamiento mucho más racio- nal y responsable. Los CSC surgieron con el objetivo de empoderar a las personas usuarias, desarrollando la vía alternativa de auto- gestión, basándose en la autoproducción y distribución de cannabis sin ánimo de lucro entre personas usuarias que se organizan en sistemas de responsa- bilidad compartida, personas consu- midoras de cannabis que se organizan para autoabastecerse sin recurrir al mercado informal. De esta forma se posibilita la información y prevención (de tú a tú) sobre las consecuencias y los efectos perjudiciales vinculados al consumo, permitiendo conocer mejor la realidad del fenómeno para desarro- llar un modelo con mayor eficacia, y conocer la diversidad de la población usuaria de cannabis, para establecer métodos de gestión de placeres y pre- vención de riesgos, adaptados; con- ceptos alejados de la incorporación de otro producto comercial al circuito eco- nómico. Debemos aprender de errores cometidos en el pasado y realizar polí- ticas que den respuestas efectivas a toda la sociedad, con un enfoque pre- ferente en salud y autonomía de la misma. Esta base ideológica en sus ini- cios, se sustenta para adquirir una cobertura legal y política, y se consolida con la alta aceptación del modelo entre las personas usuarias y el reconoci- miento internacional, nacional y comu- nitario. La falta de una regulación hace que la misma diversidad en el perfil de las personas usuarias se traslade al funcionamiento de los CSC instalados por el territorio español. Variante y variable Esta diversidad se refleja en la dispa- ridad de implantación del modelo CSC. Un modelo que encuadra desde el club de alto standing , hasta las asociaciones de amigas que tienen un cultivo y con sus cuotas sufragan los gastos de un local social. Todas ellas con un deno- minador común: están registradas como asociaciones y para acceder se debe adquirir la condición de socia, con sus derechos y deberes. Seguramente, una amplia mayoría cumplan condiciones más amplias del modelo CSC, pero la opacidad de las organizaciones nos hace ser prudentes en las afirmaciones realizadas por desconocimiento. Lo que hace visible la mezcolanza es la tendencia más comercial en zonas con alta densidad de población o de interés turístico, donde se sitúa el foco aten- cional de seguimiento, experimentación y transferencia, como “probeta social” del alcance y ductilidad que tienen las siglas CSC. La situación indeseable es que, dentro de esta probeta, se encuen- tran proyectos, ilusiones y el futuro de miles de personas que apuestan por un modelo alternativo de abasteci- miento de cannabis, que confían en sus asesores legales para asegurar su continuidad; unos asesores que han incorporado un nuevo y novedoso color a la paleta de posibilidad, en una ecua- ción que incluye múltiples variables que van desde la legalidad vigente, el modelo CSC, yo quiero hacer y mi abo- gado me dice... y cientos de formatos incógnitos, que son resultado de una novedosa complejidad. Durante los cinco últimos años han resultado determinantes el Cannabis Friendly , la expansión de los CSC, la crisis económica, la tasa de paro juvenil y la caída de sectores como la cons- trucción. Cientos de personas encon- traron la posibilidad de desarrollar una actividad económica que aportar via- bilidad financiera, bien como sustento personal y familiar, bien como beneficio económico empresarial. Una viabilidad que se sustenta en el humo, ya que nada ha cambiado en veintiséis años, y las consecuencias legales del desarrollo de la actividad bajo la doctrina del con- sumo compartido no está exenta de ilegalidad. Algo ha cambiado, pero a peor, el Tribunal Supremo, con las sen- tencias dictadas contra el Club Ebers, la asociación ThreeMonkeys y Pannagh, fija límites sobre cómo deben ser estos clubes y no todo vale bajo el concepto "consumo compartido". Aun con este panorama, el Cannabis Friendly con- tinúa avanzando bajo la creencia de que “esto es legal” y cogiendo como referentes a corporaciones que invierten temporalmente, atraídas por el alto rendimiento y la falta de legislación. La falta de compromiso políticomejora las condiciones para que, bajo el para- guas CSC, se instalen todas las posibi- lidades de explotación del cannabis, con un acrobático ejercicio de contor- sionismo que les permite encajar dentro del marco, o no salirse de lo que es técnicamente defendible. Incluso no siendo las mayoritarias, sí son las más visibles. Dentro del sector cannábico se empieza a etiquetar y cri- minalizar el modelo CSC de forma generalizada, con apelativos como “negocio”, “mafia” o “traficantes”. La mayoría de las voces surgen de personas socias que no ejercen los derechos que les otorga su condición, claramente establecido en la ley de asociaciones. Volvemos a no asumir nuestro poder como sociedad y entender que la herra- mienta del cambio está en nosotras. Resulta anacrónico que apelativos esgri- midos por el prohibicionismo se utilicen ahora para definir una alternativa cre- ada por la sociedad civil. Estas voces no están exentas de intereses, por refle- jar las fisuras de un modelo que consi- deran fallido, o que se les queda pequeño a la hora de implementar como alternativa el comercio con licen- cia, siendo, supuestamente, “más efec- tivo en el respeto de los derechos de las personas usuarias y de la libre elec- ción”; argumentos esgrimidos por el modelo neoliberal, en contra del “Estado benefactor”. Corrientes ideológicas de un mundo globalizado donde el Can- nabis no ha quedado exento. topform (depositphotos) Los CSC surgieron con el objetivo de empoderar a las personas usuarias, desarrollando la vía alternativa de autogestión, basándose en la autoproducción y distribución de cannabis sin ánimo de lucro

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