El Cultivador
71 pensamiento psicodélico placer sensorial y habla de sensualidad. En primer lugar, vemos la línea curva y sinuosa que sigue la espalda de la mujer arqueándose hasta la cadera. Su piel está representada sin poros, pulida, para que la luz resbale por su cuerpo e invite al placer. Por otra parte, las telas lujosas que la rodean tienen distintas texturas que incitan el disfrute por el tacto (seda, piel, ter- ciopelo) y cuyos colores hacen destacar la figura femenina sobre el fondo (tonos azules, dorados y blancos). Asi- mismo, sucede con el abanico de plu- mas, que nos transporta de inmediato a la idea de caricia. Y, por su parte, el humo que sale del incensario y la pipa nos hacen pensar en un espacio embriagador, pensado para el gozo olfativo. Como veis, todo gira en torno al deleite de los sentidos. Su postura es rígida y, sin embargo, ella parece reposar indo- lente en el lecho. Y esta contradicción, unida a la imperfección anatómica están ideadas para dotar de más fuerza y atractivo si cabe a la pieza. A Ingres no le interesa, por tanto, la corrección, sino la forma y la composición en tanto que éstas son recursos para transmitir su mensaje. En palabras de Carlos Navarro, que lo sintetiza a la perfección: “La pintura establece un equilibrio perfecto entre el deseo platónico de la belleza ideal y el de la carnalidad física, la belleza mortal del cuerpo de la mujer. En ese sentido, Ingres ofrece ese equilibrio a través de un juego de líneas y curvas absolutamente delicado y casi musical” 2 . El clasicista excéntrico Ingres, quizás debido a los logros y éxitos que fue cosechando y a la fuerte oposición a la que le sometían al com- pararlo con el más puro Romanticismo pictórico, o la obra de Delacroix, basados ambos en el uso magistral del color, fue tachado de académico e incluso enemigo de las vanguardias. Para él, el estudio de la línea y el dibujo eran aspectos vitales y cuando pintaba un lienzo, lo hacía partiendo de diversos estudios y bocetos previos. Sin embargo, no por ello hemos de apresurarnos en incurrir en el mismo error de juicio que sí demostraron otros. Y es que, aunque él no encabezara la vanguardia, gustara de un estilo más clasicista respecto a la línea y revisionara la pintura de otros grandes del pasado, especialmente de los primitivos del mundo antiguo y del Renacimiento (Rafael Sanzio, por ejemplo), tampoco acababa de casar con su época. Hasta que con cuarenta y cuatro años, empezó a recoger el fruto de su esfuerzo con el reconocimiento público del Salón de 1824, también la crítica lo había malmirado pues, como comenta Calvo Serraller, llegaron incluso a afirmar sobre él que parecía “un chino extra- viado por las ruinas de Atenas”, preci- samente porque su interpretación del clasicismo antiguo se veía “de forma excéntrica, distinta y exótica” 3 . Ya sabemos que las leyendas, más blancas o más negras, que se generan en torno a grandes personalidades, se apoyan en exagerados o caprichosos argumentos, pero es importante aclarar que Dominique Ingres no era pura- mente clasicista para los acérrimos académicos y tampoco era novedoso para los vanguardistas, quedando en un limbo que, por qué no decirlo, lo hace aún más interesante. No fue, no obstante, ignorado por la vanguardia ya que, figuras como nuestro aclamado Picasso bebieron de él en reiteradas ocasiones. En relación a La gran odalisca , y otras obras de Ingres, como la popular Bañista de Valpinçon (1818) o El baño turco (1862), Francisco Calvo Serraller nos explica la importancia de la línea y el dibujo en la pintura de Ingres y comenta el interés de algunos pintores de la vanguardia por su obra: “Todas ellas son algo más que una serie de sensuales y refinadísimos desnudos, ya que se trata de arabescos lineales de una complejidad sorprendente donde un desnudo femenino, con cada una de sus partes orientándose en dirección contrapuesta […] aparece milagrosamente inscrito en el mismo plano. Este asombroso concierto de líneas que se bastan y se sobran por sí mismas para crear la más completa y sensual sensación de realidad fue pre- cisamente lo que admiró a los van- guardistas posteriores desde Degas hasta Picasso, que no dejó de volver Dominique Ingres no era puramente clasicista para los acérrimos académicos y tampoco era novedoso para los vanguardistas Era inevitable que en estas mentes decimonónicas se estableciera una relación directa entre odalisca y sexualidad salvaje, incontrolada La odalisca (1861), de Mariano Fortuny (Google Art Project, CCBY-0, Wikipedia)
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