El Cultivador
72 pensamiento psicodélico sobre él en las diferentes etapas de su vida” (Francisco Calvo, 2014). Todas las odaliscas Es común que lo exótico, por desco- nocido y extraño, nos resulte sensual y nos atraiga, así como es normal que la pintura, en tanto que es expresión del ser humano, lo manifieste. En el siglo XIX, pocas cosas resultaban más exó- ticas y llamativas que el mundo oriental, los países árabes del norte de África, del área de Oriente medio o del lejano oriente. En especial para los artistas del movimiento romántico, Oriente se convirtió en lugar común y muchos de ellos viajaban a estos países para cono- cerlos e inspirar su pintura. Al ser la odalisca una concubina en aprendizaje, que se instruía en las artes (música, danza, etc.) y de la que se valoraban sus dotes eróticas y su belleza, se entendía que el pintor usara su figura para representar el desnudo de lamujer, que se mostraba provocativa e incluso exhibicionista. Era inevitable que en estas mentes decimonónicas se esta- bleciera una relación directa entre oda- lisca y sexualidad salvaje, incontrolada o no civilizada y que tal asociación encendiera la mecha de su inflamable inspiración. Eugène Delacroix, el romántico por antonomasia y cuya obra se ha contra- puesto reiteradamente a la de Ingres, también recurrió a la odalisca, quizás influenciado por su viaje a Marruecos. Si observamos el lienzo de Delacroix, Odalisca reclinada en un diván (1827- 28), podemos encontrar a simple vista grandes diferencias con la tela de Ingres: Delacroix basa su pintura en el trata- miento exquisito del color, quitándole importancia al dibujo, y aboceta la composición con una pincelada ligera e indefinida que más que delimitar siluetas, nos ayuda a intuirlas sin, por ello, restarle calidad a la obra. Aunque la técnica es obvia y radicalmente opuesta entre ambos autores, si pres- tamos atención a los pormenores, pronto podemos reconocer las simili- tudes entre estas dos odaliscas: ambas en posición de escorzo, muestran su cuerpo desnudo, tendidas sobre un lecho o diván, cubierto con ricas telas arrugadas y acompañadas de una pipa, narguile o sisha . Como caso nacional, la obra de Mariano Fortuny también cuenta con sus propias odaliscas. La que ejecutó en 1861 ( La odalisca ) tiene una clara deuda con la de Ingres pues repite la postura en escorzo (aunque en la pieza de Fortuny, la mujer está frente a nos- otros volteando sumirada hacia atrás), también está tumbada en una cama plagada de ricas y voluptuosas telas y acompañada del narguile. Sin embargo, en el óleo de Fortuny la escena alberga más detalles, como la decoración de mobiliario y un personaje masculino tocando música para la concubina. Si bien la técnica de Fortuny tiende más a la pincelada abocetada y rápida propia de Delacroix, su obra también cuenta con vínculos con Ingres porque el dibujo y la línea están presentes, especialmente para dotar de nitidez a la silueta de la mujer. Las versiones de las odaliscas provistas por la Historia del Arte son innumera- bles y diversas y para indagar más, sólo basta con acercarse a la pintura de autores tan diferentes como Picasso, Jules Lefebvre, Henri de Caisne, o Federico de Madrazo y Kunz, entre muchos otros. El narguile y el hachís Uno de los atributos que parece ser común compañía de buena parte de las odaliscas de la Historia del Arte es el narguile, en Las damas de Oriente podemos comprenderlo mejor gracias a las palabras de Morató: “El harén imperial otomano despertó la fascina- ción de los viajeros europeos e inspiró los cuadros orientalistas. Pintores como Ingres, Delacroix o Matisse llenaron sus harenes de bellas odaliscas cautivas, en su mayoría desnudas, fumando en narguile, tocando el laúd y esperando la visita del sultán” 4 . Aunque el narguile también puede usarse para fumar tabaco, sumera apa- rición en escena nos hace pensar en el hachís. El hachís era todo un elixir embriagador que había llegado al mundo más occidental desde este exó- tico oriente, había poblado algunas de las obras de literatura de su tiempo, como El conde de Montecristo (1844), de Alejandro Dumas y había revolu- cionado a los románticos experimen- tadores y aventureros que no tardaron en hacerse con ello para probar. Se fumaba y se comía, y de su consumo se decía que provocaba lascivos sueños, eróticos encuentros y todo un despertar a un mundo de fantasía sensual, como puede leerse en el escrito de Dumas, cuando cuenta la experiencia de su protagonista: “Para Franz, que por la primera vez conocía los efectos del hachís, este amor era casi dolor, esta voluptuosidad casi tortura, sobre todo cuando sentía posarse en su boca ardiente los labios de las estatuas […] cuanto más se esforzaba en rechazar aquel amor imaginario, más se engol- faban sus sentidos en el sueño miste- rioso, hasta que después de una lucha en que tanto deseaba quedar victorioso como vencido, cedió del todo, abrasado de fatiga, hastiado de voluptuosidad, con los besos de aquellas mujeres de mármol” 5 . Por eso, es lógico pensar que en las pinturas aquí comentadas se usaran estas pipas para hacer referencia al hachís y, por consiguiente, potenciar no sólo la idea de exotismo y orienta- lismo del lienzo, sino también de ero- tismo y sensualidad. Así los cuadros podrían ser una puerta a las ensoña- ciones placenteras a las que conduce el hachís, una muestra de las fantasías libidinosas que esperan a los más osa- dos. Su inclusión en el lienzo además tiene un segundo propósito ya nombrado, la recreación del olfato al percibir los aromas del hachís, a veces aderezado o aromatizado con otras especias, como la canela (también afrodisíaca) que creaba una atmósfera cautivadora y mágica. Así que, ya sabéis, si queréis imbuiros en un ambiente así, en una ensoñación de mil y una noches, y compartir con alguna odalisca un momento de placer carnal sólo os queda el hachís, porque las odaliscas de estos lienzos no son odaliscas, como diría Duchamp, sino sólo representaciones de ellas. Referencias 1. Para más información: https://goo.gl/33Xpq2. 2. Para más información: https://goo.gl/FLd1bD. 3. Calvo, F. (2014). El arte contemporáneo . Madrid: Penguin Random House. 4. Morató, C. (2006). Las damas de Oriente . Madrid: Debolsillo. 5. Dumas, A. (2016). El conde de Mon- tecristo . Madrid: Akal. Aunque el narguile también puede usarse para fumar tabaco, su mera aparición en escena nos hace pensar en el hachís Odalisca (1874), de Jules Lefebvre (CCBY-0, Wikipedia)
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