El Cultivador

Os podéis imaginar cómo es ese mundo. Corbatas y trajes que no camuflan una estupidez generalizada y un montón de egos que no soporto. Mis experiencias con los hombres Martín Una vez tuve un novio (me duró un par de años). Le conocí en una de las fiestas que organiza mi padre para lamer el culo a políticos y empresarios. A veces estuvo bien, pero nunca lo quise. Se llamaba Martín y un día me dejó por una pelirroja con la que tra- bajaba. Solíamos ir al cine y follábamos puntualmente una vez a la semana. Nunca me miraba a los ojos cuando lo hacíamos. Apache También tuve un amante. A ese, des- graciadamente, sí que lo quise (o creí quererlo, la verdad es que todo es con- fuso cuando tienes esa sensación). Le gustaban mis cuadros y cogía un pincel con el que me untaba el cuerpo de distintos colores. Tenía una cara cóncava llena de pecas y me decía al oído “grita, que te quiero oír”. Yo le llamaba Apache porque me recordaba a un indio furioso cada vez que me subía encima de la encimera de la cocina. Ahí, al lado de la bandeja de la fruta y del pan de molde, escenificábamos un ritual de sexo maravilloso que aca- baba con mis pezones untados en Nocilla y su boca marrón y dulce. El olor del cocido de la vecina se fil- traba por la ventana y él sujetaba mis piernas con las dos manos mientras mi cabeza retumbaba en el armario de las especias. A veces agarraba el aceite de la mesa y se lo echaba por el pecho para lamerlo después. Desayunomedi- terráneo, ya lo creo. No era ni guapo ni feo, pero su nariz era un gancho en el que yo quería col- garme y morirme todas las noches. Un día se fue y el olor de su polla conta- minando toda la habitación huyó también por el hueco de la ventana. Ya no hubo más café por la mañana ni más noches de rosas y vino. Ni más aceite ni más Nocilla ni más nada. No dijo adiós y todavía le pienso cuando los grillos cantan en verano. Aún recuerdo su boca curva y sus ojos azules como un mar profundo. Y las arrugas cerca de sus ojos que temblaban cada vez que se reía. Voy a seguir contando mi historia. Siempre soñé con ser escritora. Por las noches lío un canuto de hierba y lo voy chupando poco a pocomientras escribo en un cuaderno mis relatos e historias. 77 diario de Carmina No era ni guapo ni feo, pero su nariz era un gancho en el que yo quería colgarme y morirme todas las noches

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