El Cultivador

Enciendo unas velas y tintinean al fondo mientras exhalo el humo para dibujar palabras, esas que pocas veces digo. De fondo suena Janis Joplin con su voz resquebrajada y la hierba se mezcla con el olor a incienso consu- mido. El corazón en clave de sol, una nube de humo espesa sobrevolando mi cabeza, mis neuronas bailando. Es el estadomás perfecto que conozco. Íntimo y delicado como una pieza de música clásica. Intenso, como los polvos hardcore de Apache contra todos los electrodomésticos de mi cocina. Nadie sabemuy bien quién es Carmina Delgado. Ni un reproche, ni un acto de rebeldía, ni una sílaba más alta que la otra. Mi sonrisa de Mona Lisa siempre perenne, irreductible. Algunos deben pensar que soy una psicópata. Tan fría, tan profesional, tan bien vestida conmi traje de Armani y mi pintalabios rojo mate. Tan segura de mi misma. Tan vacía. Pero no es así. Sé esconder lo que soy, simplemente. Me asusta enseñarlo. Y, la verdad, tam- poco he conocido a tantas personas que merezcan verlo. Soy demasiado joven para estar tan triste (¿tiene la tristeza una edad lícita, una edad en la que sí tienes derecho a sentirte triste?). Así que simplemente fluyo un poco y ya está. Después de este día interminable solo quiero llegar a mi refugio. Me acerco al portal emitiendo un prolongado sus- piro y él está justo ahí, en frente de los telefonillos. Carmina conoce a Roberto –¿Vives aquí? –me pregunta. –Sí. –Soy Roberto, encantado. Vivo en el tercero, pero no hay nadie en casa y me he dejado las llaves dentro. –Bueno, aunque te abra tendrás que esperar en la puerta. –Sí, no te preocupes. Esperaré aquí. Saca un porro ya liado del bolsillo y me lo enseña confirmando que estará entretenido. Es un animal de la selva. Puedo oler su sudor templado y mez- clado con colonia Savage. Es muy grande, pero en sus ojos verdes veo que, en cierto modo, está indefenso. Me nace un instinto maternal. Unas ganas de amamantarlo mientras le acuno entre mis piernas. Tiene la espalda ancha y tostada, las manos enormes y una cicatriz en la mejilla derecha. ¿Cuántas heridas te ha hecho la vida? Ami muchas, déjame curarte con saliva. Lleva una camiseta blanca de tirantes y un pantalón que le queda un poco más ajustado de la cuenta. Puedo ver a través de ese pantalón. Puedo casi sentir lo que tiene. Me estremezco. Puede que lleve dema- siado sin sexo (aunque, como he dicho, mis sesiones de masturbación son alta- mente gratificantes). –Nos lo podríamos fumar juntos – dice con la voz entrecortada como haciéndose el tímido–. Pero no quiero que te pienses nada raro. Como vecinos y posibles amigos, ¿te parece? –No te tengo miedo, así que no hace falta que me hables como si el hecho de ser mujer me convirtiera en una víctima. –Entonces, ¿vamos? Y entonces decido que sí, que voy a dejar a un desconocido entrar en mi casa, así sinmás. Dos imanes se atraen, y ya está. Necesito sentir hoy que no estoy tan sola. Que Roberto, sea quien sea, puede amarme y quererme y escucharme. Roberto fuma de perfil y dibuja nubes con el humo del canuto. Son fantasmas que vienen a vernos, o rastros de leche cortada o estelas de cometas en el cielo. Lame el porro como si fuera un coño (o espero que lo haga así de bien). Lo absorbe despacio y deja ahí su saliva. En cualquier otro caso me daría asco, pero en el suyo casi me moja. Me late. Lo noto ahí abajo, me cruza un escalofrío cuando su mano me ordena el pelo. De repenteme toca las pestañas como si en ellas fuera a descubrir un secreto. Me pasa el porro y doy una primera calada mientras pongo música. Tam- bores lejanos y el sonido de mis tacones en la madera. Siento como si mi cuerpo fuera una guitarra y solo él, Roberto, mi vecino enigmático, pudiera tocarlo. –¿Cuándo te has mudado? –me pre- gunta–. Nunca te he visto antes. 78 diario de Carmina Saca un porro ya liado del bolsillo y me lo enseña confirmando que estará entretenido. Es un animal de la selva

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