El Cultivador

–Llevo solo tres meses en este piso –fumo otra calada y me desabrocho el sujetador… a veces lo llevo tan prieto que no siento el corazón. Ahora sí, sístole y diástole igual a cero. Ladeo la cabeza a un lado y al otro y sigo escuchando a este hombre ancestral salido de las cavernas que casi no cabe en mi sofá rojo y dorado. Él habla y habla. Yo quiero que me haga el amor contra la pared mientras yo araño la cal que sostiene esta casa. Quiero que sus manos me agarren de la garganta y del pelo mientras me la mete por detrás. No quiero ternura ni falsas promesas. Le quiero a él, dentro y más dentro de mi para despedirle después sin nece- sidad de un “volveremos a vernos” (aunque probablemente lo hagamos ya que somos vecinos). “Ámame esta noche como si fuera la última y luego deja que el sol salga para que fulmine los restos”. Corta su discurso y me pregunta de repente: –¿En qué piensas? ¿Quieres que te bañe? –Mejor te respondo solo a la segunda pregunta. La primera ya la sabes – le digo. Hemos venido a jugar Cojo una botella de vino blanco y nos vamos al baño. Echo jabón primero y luego abro los dos grifos. Mientras esperamos me desata la blusa y me muerde el lóbulo de la oreja. Me baja la falda y las bragas, todo a la vez, sin apreciar para nada el tipo de lencería que llevo. –Eso, trátame sin decoro. La poesía ya la pongo yo: “Si hemos venido a contar verdades desnúdate, que solo así puedo ver tu cuerpo transparente y todo lo que esconde. Si hay un alma, si hay un corazón ajado o lo tienes aún de una pieza. Si hay un cielo ahí dentro o entre vísceras y huesos voy a morir. Ven y contemos verdades, contemos verdades por todas partes”. Me mete en la bañera mientras él se acaba el porro. Se quita por fin la ropa y le puedo observar así, perfecto, fibrado y moreno. 79 diario de Carmina “–No te tengo miedo, así que no hace falta que me hables como si el hecho de ser mujer me convirtiera en una víctima”

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