El Cultivador
Mamá llorando sobre la sopa Recuerdo a mi madre en la cocina, cabizbaja y escondiéndose entre el humo del guiso. Era guapa hasta cuando se le caía una lágrima en la cazuela. Siempre llevaba los labios pintados de rojo, da igual que estuviera en casa con el pijama puesto. Y ese cigarro perpetuo en la comisura, que chupaba con la ansiedad de quien piensa que la vida puede consumirse más rápido entre caladas. “Carmina, no te quedes ahí parada. Vete a la tienda de Paquito y tráeme perejil, que no queda”. A una se le ponía el alma triste cuando comía enmi casa aquel guiso aderezado con lágrimas saladas. Por mucho perejil que yo comprase, me quedaba con ese regusto a mustio, a domingo por la tarde, a tiempo enredado en las agujas de un reloj. Nunca vi golpes a mamá, pero creo que sus heridas estaban ahí aunque no pudieran verse. Crecí en un hogar donde el decoro era más importante que la felicidad. Mancharse las rodillas con tierra o llegar cinco minutos tarde de la hora establecida eran motivo de castigo. Mi madre me defendió pocas veces, pero aún así yo la quería e imitaba sus movimientos con los tacones pues- tos cuando ella no podía verme. También me ponía unas bragas suyas de encaje y un collar de perlas que le regaló papá. Que mamá no llore sobre el guiso… Sabía que mis padres no eran felices. Discutían todas las noches sin excepción mientras yo, con once años, me aso- maba a la ventana para contar las estrellas. Iba tapando una a una con la yema del dedo hasta que el cielo se quedaba a oscuras. Pero, de repente, una que se me había escapado inundaba todo de purpurina con su estela fugaz. Enton- ces yo sonreía y pedía un deseo: “Que 76 diario de Carmina Diario de Carmina Capítulo 2.º Texto: Isabel Peláez Fotografías: Luis Campillo Modelos:Vanesa García y Korito Rodríguez Aunque tardaría muchos años en enfrentarme a mi padre verbalmente, comencé a hacer cosas para contrariarle
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