El Cultivador
mamá no llore nunca más sobre el guiso”. Dormía siempre con un diario debajo de la almohada. Escribía sobre cosas que me pasaban, aunque siempre las decoraba un poco. Por ejemplo, si había aprobado un examen, lo contaba y aña- día que todo el mundo me había aplaudido por sacar la mejor nota. Si un chico se me acercaba en el instituto lo escribía después e inventaba un beso a escondidas. Para entonces nadieme había besado, pero yo practicaba con el brazo o con la almohada por si acaso llegaba el momento. El verano antes de La Asun- ción Con quince años mi padre, que ya por aquél entonces tenía su propio bufete de abogados, me dio una noti- cia. Lo hizo un día en que yo volvía del colegio con mi amiga Noelia. Antes de ir a casa habíamos comprado chicle para enmascarar el aliento a tabaco y nos habíamos lavado las manos con limón. Si se enteraban de que había fumado no me dejarían salir en años. “Este año, en septiembre, comenzarás en el colegio de La Asunción, Carmina. Mi hermana Lourdes fue allí así que tú seguirás con la tradición familiar”. La cabeza me empezó a dar vueltas. Yo nunca había rebatido nada a mi padre hasta entonces. Él nunca me había pegado, pero su voz ronca era suficiente para tenerme a raya. Me daba miedo, pero esta vez el miedo de ir a La Asunción fuemás grande: “Papá, yo no quiero ir allí. La tía siempre dice que las monjas son muy estrictas y además yo saco buenas notas en mi colegio. ¿Por qué debo ir?”. Su respuesta fue escueta: “Porque lo digo yo”. Creo que esa frase, injusta y pesada como una losa, fue el inicio de mi rebe- lión silenciosa. Aunque tardaríamuchos años en enfrentarme a mi padre ver- balmente, comencé a hacer cosas para contrariarle. Él piensa que lo que hice en La Asun- ción ese año fue para eso, para rebelarme. Pero antes de contarlo debo empezar con algunos antecedentes. David Ese verano previo a ir al colegio de monjas lo pasé en el pueblo de mi madre, en Asturias. Mi padre se fue una larga temporada a Estados Unidos (a unas conferencias que organizaba su empresa), así que la libertad llegó a nuestras vidas. Mamá llevaba vestidos de flores y el guiso sabía a guiso. Se tiñó el pelo de rojo y parecía la vampira de Munch. Sonreía más y tocaba el piano por las noches mientras yo la observaba embo- bada desde una esquina del sofá acolchado. A mitad de agosto eran las fiestas del pueblo de al lado y fui con mis primos. “No bebas, Carmina, sé responsable como siempre”. Pero sí bebí. Uno de los amigos demi primo, David, vino con nosotros esa noche. Tenía los labios un poco hundidos en el centro y me sacaba cuatro años. No era el más guapo, pero tenía un aire lánguido que le hacía diferente. Sus orejas eran un poco más grandes de la cuenta y su piel cetrina. Cuando los demás fueron hacia delante a bailar me agarró de la mano y fuimos caminando hacia la era. Por aquel entonces yo era bastante inocente, pero no tonta. Sabía lo que podía suce- der y aún así le seguí, dispuesta a descubrir lo que era el amor en una noche templada de verano. Amor, palabra grandilocuente e inha- bitable. Amor, lo que creemos que nos mueve pero solo es una idea más, una 77 diario de Carmina Una cicatriz atravesaba su ceja mostrando que ningún ser, por perfecto que fuera, podía escapar al dolor de la vida
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