El Cultivador

La Asunción “El convento”, así lo llamaban. Bueno, en realidad es lo que era. Éramos cien niñas y treinta y cinco monjas, algunas de las cuales también nos daban clase. La mayoría eran simpáticas, pero olían como si nunca se hubieran rozado con nadie. A caja cerrada donde guardas la ropa de invierno, a crucifijo e incienso. A almíbar, a galleta María. A todo eso mezclado. Fue el tiempo de las normas (no podí- amos llevar pantalón, por ejemplo), de los Ave María a primera hora de la mañana, de las tardes de estudio en la Biblioteca y de los domingos jugando a la comba bajo la atenta mirada de la Madre Encarna. Recuerdo el taller de costura con aquel cuadro de la última cena y al profesor de alemán, gordo y con una verruga en la mejilla derecha. Pero llegó alguien para derribar todos esos muros de invisible silencio, de puré de zanahoria y de rosario a media tarde. Aura Su pelo era rubio como los rayos del sol de invierno y los ojos los tenía tan oscuros que te atrapaban si la mirabas fijamente. Los labios carnosos como si fueran a succionarte el corazón de un momento a otro. Una cicatriz atravesaba su ceja mos- trando que ningún ser, por perfecto que fuera, podía escapar al dolor de la vida. Pero esa imperfección no era más que otra constatación de lo perfecta que era. Tenía un pequeño piercing plateado en la nariz (no sé cómo se lo habían permitido) y el uniforme no disimulaba unos pechos muy desarrollados para su edad. Su perfume de mandarina inundaba el cuarto y hasta las monjas aspiraban fuerte para intentar absorber un poco de ella. Cuando reía y se le achinaban los ojos, nosotras, el resto de las mortales, nos volvíamos conscientes de la suerte que teníamos al poder contemplarla. “Os presento a Aura”, queridas niñas, vuestra nueva compañera. Aura ha vivido en México hasta ahora, pero por el trabajo de su padre ha tenido que mudarse a España. Acogedla como Dios acoge a todos los seres”. Desde ese momento, conocer y rela- cionarse con Aura se convirtió en una carrera de fondo en el colegio. Todas querían jugar con ella, conocer cómo era la vida en su país de origen o recibir de ella un gesto de aprobación. Hasta las monjas le permitían llevar ciertos complementos que, hasta ahora, estaban prohibidos (como el piercing en la nariz o un pintalabios rosado que pronto usaron todas en el colegio). Yo no pude escapar a su hechizo. Soñaba con ser ella, pero no la seguía. Me negué a venerarla como las demás. No podía soportar la idea de que hubiera alguien tan especial. Lo que yo más admiraba no era su belleza, sino su valentía (Aura se atrevía a hablar sobre darwinismo en la clase de ciencias naturales). Aura siempre decía lo que pensaba y parecía no tener miedo. Ese aire de seguridad aplastante me reducía a la mínima expresión. Me hacía sentir pequeña e insignificante. Yo nunca le concedía mi admiración en público, como las demás, así que me limité a observarla de reojo para tratar de des- cifrar ese misterio que le envolvía y que nos tenía a las demás tan intrigadas. “Ven, quiero mostrarte algo” Era 24 de junio y nos daban las vaca- ciones de verano al día siguiente. Estaba leyendo en mi cama cuando todo el mundo dormía y la escuché por detrás: 79 diario de Carmina Fumaba y dibujaba anillos con el humo como si dentro cupiese todo lo que era realmente importante

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