El Cultivador
“Tssss, Carmina. Ven, corre, quiero mostrarte algo”. Me levanté de un salto. “¿El qué?” La vi señalando hacia la puerta. “No podemos salir a estas horas”. Ella me miró con un gesto des- afiante: “La ventana está abierta, así que poder sí que podemos. ¿Siempre sigues las normas?”. Me lo dijo con esa mirada inquisitiva que no te dejaba escapatoria. “No siempre” Me agarró de la mano, como el ante- rior verano hizo David, y juntas saltamos al patio agachadas mientras la luna llena nos señalaba con sus rayos plateados. Llegamos a una charca que había cerca del colegio, donde nos solíamos bañar. Se sentó frente a mi y comenzó a inspeccionarme. Sus ojos negros se clavaron en mí haciéndome daño. La ligera brisa agitaba su pelo como si fuera la bandera de una patria perdida. Era perfecta. “¿Por qué nunca quieres hablar con- migo?”, me preguntó. “¿Y por qué necesitas que lo haga?”, contesté. “Ya tienes el mundo a tus pies”. Ella cogió aire y dijo: “Pero yo quiero tenerte a ti”. Sonrió y sacó un cigarrillo liado del bolso y, cuando lo prendió, supe que era algo más que tabaco. “¡Como te pillen fumando eso te lleva- rán a la cárcel!”. Su sonrisa se convirtió en una carcajada. “Ya estamos en la cárcel, Carmina. Esto son las llaves que nos van a aflojar un poco las cade- nas”. Fumaba y dibujaba anillos con el humo como si dentro cupiese todo lo que era realmente importante. Y lo importante, en ese momento, éramos ella y yo riendo bajo la lunamenguante. Los ojos se le cerraron un poco, hasta convertirse en dos rendijas, y su piel se erizó cuando yo, a escasos centíme- tros, olí a cámara lenta la mezcla cítrica y afrodisiaca que lograban su piel y la marihuana. Me lo pasó y, por supuesto, fumé para no parecer una niña asustada. En realidad, tenía miedo. No sabía abso- lutamente nada sobre el cannabis, y si algo tengo que agradecer a Aura es queme abriera las puertas de esemara- villoso mundo donde el dolor se mitiga y las cosas cobran el sinsentido que deberíamos darles casi siempre. Quitarse el tremendo peso del tiempo y de la vida, mientras dura el efecto, es lo más parecido a un instante feliz. Permití que el humo pasara por mi garganta y jugara con mis cuerdas vocales. Mis pulmones bailaron y la luna se difuminó un poco hasta pare- cerse a una canica. Alcé el dedo y tapé una estrella. “Es imposible borrar el firmamento”, me dijo. Aura pasó su dedo índice por mi cara hasta que hubo dibujado todas las aris- tas y ángulos. Se detuvo en las cejas y me las despeinó. Luego me cerró los ojos y noté la punta de su lengua deli- neando mis labios. Se acercó a mi oído y dijo muy suave: “Te quiero”. “Yo también”. Nos tumbamos y dejé que ella me descubriera lo que es un cuerpo feme- nino en manos de una mano que lo conoce perfectamente. Que lo ha reco- rrido miles de veces, que sabe dónde posarse y dónde incidir hasta que la boca se rinde y gime. Y ahora, quince años después, estaba allí llamando a mi puerta mientras mi vecino Roberto me esperaba en el cuarto. La reconocí al instante. Su pelo brillaba como siempre y el olor a mandarina se filtraba por debajo de la puerta. Era ella, no cabía ninguna duda. Tapé la mirilla como quien quiere tapar una estrella en el cielo, pero supe que tenía que abrir. Que le debía algo después de todo lo que había pasado en La Asunción. Pero eso ya es parte de otro capítulo. Se despide, hasta entonces, Carmina Delgado. 80 diario de Carmina Quitarse el tremendo peso del tiempo y de la vida, mientras dura el efecto, es lo más parecido a un instante feliz
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