El Cultivador 47

Abría los labios dejando muy poco espacio para que saliera el humo y escupía ligeramente los restos de tabaco que se quedaban pegados en su brillo de labios transparente. Un grillo cantaba a lo lejos mientras yo la observaba como si ningún ser pudiera igualar ese derroche de sensualidad mestiza. Abrí la puerta. – Hola, Aura. Belleza indígena, Venus de piel tostada. – Carmina, Carmina. Los mismos ojos verdes que se camuflaban con la hierba de un lejano arroyo. – ¿Has venido a que nos dediquemos poesía? Tengo muchos versos guar- dados para ti... – La poesía ya no tiene sentido para nosotras, ¿no crees?Nuncame buscaste. – La poesía siempre tiene sentido, aun cuando en el mundo no queden ya poetas. Y no es verdad, sí que te busqué; en los libros, enmis poemas y en muchas bocas que se parecían a la tuya. Pero que no eran la tuya. Éramos unas niñas. Un día dejaste de venir y yo no supe qué hacer. No podía confesar a nadie lo nuestro. Las monjas nos dijeron que tu padre había tenido que irse de nuevo a México por temas de trabajo. – Una monja habló con mis padres y les contó que nos escapábamos juntas por la noche. Un día nos siguió y supongo que descubrió lo que tení- amos. – A los míos nadie les dijo nada – aseguré. – Ya, lo sé. Prometí a mi padre que nunca lo volvería a hacer y que me iría del colegio sin rechistar, a cambio de que no dijera nada a tu padre. Aura valiente, Aura sin miedo. Por eso la amaba. – Luego traté de saber de ti y me dijeron en La Asunción que tenías novio. Un tal Martín. Llamé para averiguar y la monja Carmela, ¿te acuerdas de esa viejita?, me dijo dónde trabajabas y cómo te iba. – Ahora no puedo invitarte a pasar... no estoy sola. Pero si quieres, pode- mos tomar un café mañana. – Bella y viciosa Carmina, Carmina de los mil y un amantes. Ven al hotel Imperial mañana, a las cinco. Disfruta de tu invitado o invitada –se despidió mientras sacaba un poco la lengua por los labios pintados de rojo. Me puse un vestido negro de tubo y unos pendientes dorados. Me preparé a conciencia, no sé por qué. Quería que ella me viera sexi o, quizá, lo que me urgía era esconder de alguna forma todas esas inseguridades que en realidad habitaban en mí. Me detuve en la puerta del hotel y la observé de lejos. Su perfil era el de 77 diario de Carmina No sé de dónde sacaba ella tanta marihuana, pero aún puedo respirar el humo envolviendo nuestras caras y sentir las lágrimas de risa limpiando toda la suciedad de un mundo

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