El Cultivador 47
una esfinge egipcia, con esa nariz afilada y esos pómulos un poco chupados. Miraba al infinito y movía los labios como hablando con ella misma. Quizá ensayaba lo que tenía que decirme. Me miró de arriba abajo y suspiró. – Carmina bella, solo en tus ojos puedo encontrar a aquella niña. Pero tu cuerpo... qué ha pasado con ese cuerpo infantil que tantas veces toqué con mis manos. – Ha pasado el tiempo, igual que por el tuyo –contesté. Me senté y pedimos una botella de vino blanco con ostras. Era la primera vez que bebía alcohol con ella y eso me divertía. Cuando éramos pequeñas fumábamos marihuana, pero jamás probamos el alcohol. Nos reímos durante mucho tiempo recordando aquellos tiempos. Cómo nos escapábamos de las monjas, las tardes en la biblioteca levantando la 78 diario de Carmina Abría los labios dejando muy poco espacio para que saliera el humo y escupía ligeramente los restos de tabaco que se quedaban pegados en su brillo de labios transparente
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