El Cultivador

La mayor parte de las personas con las que me relacionaba más estrecha- mente, en esa época de mi vida, eran hombres. Con ellosme sentía protegida, aceptada, cuidada. Con las mujeres, por el contrario, me sentía juzgada y criticada. Mi hermana y yo disfrutamos de bastante libertad en la adolescencia, gracias a que, oficialmente, salíamos con nuestro hermano, dos años mayor, o con sus amigos, quienes, en opinión de nuestro padre, “nos protegían”. Nos quedamos sin amigas tan pronto como comenzamos a salir de noche. Sus padres no las dejaban salir con nosotras porque “por la noche solo salen las putas y los borrachos”. En una época en la que no existían los programas de reducción de riesgos, fueron mis amigos mayores los que me enseñaron a consumir de una manera responsable: nunca te drogues durante mucho tiempo seguido, nunca lo hagas trabajando, nunca en soledad, descansa, aliméntate, si necesitas hablar yo estoy aquí, no estás sola… Gracias a su ejemplo, tanto bueno como malo, siempre tuve claro que las drogas eran el camino, no el destino. Pero no todo era amor y armonía. También fueron hombres los que me mostraron la cara más oscura del patriarcado: no tenía ni 10 años cuando un amigo de bar de mi padre intentó violarme, por suerte fui más rápida escapando. El primer pene que vi y toqué, en la adolescencia, fue el de un joven de mi entorno familiar, a quien acabé masturbando sin querer, al no saber decir que no (no lo viví como algo traumático, aunque sí me dio bas- tante asco); a los 13 años un novio me pegó un tortazo delante de todos los amigos para castigarme por haberle dejado; a los 14 un desconocido me enseñó su pene en el portal de mi casa y no llegó amás porque conseguí alertar a los vecinos; a los 15 un vecino intentó cobrarse en sexo el haberme llevado al instituto en coche; a los 18 mi cuñado y mi hermano prohibieron a sus novias salir conmigo porque era una mala influencia; a los 20 mi padre me dijo, muy preocupado, que ningún hombre me iba a querer porque ya estaba usada y mi abuelo me amenazaba con ir al infierno por provocar a los hombres con la minifalda… Durante todami adolescencia y juven- tud, al no esconder mi consumo de sustancias y practicar una sexualidad libre, sufrí el estigma de la puta. Me pusieron la etiqueta incluso antes de perder la virginidad. El sexo y las drogas se convirtieron en mi forma de reivin- dicarme en el mundo. ¿No queréis que lo haga? Pues dos tazas. Sin embargo, esa rebeldía siempre iba acompañada de un sentimiento de soledad profunda. ¿De dónde viene esta violencia? ¿Por qué no me siento libre? ¿Dónde están las mujeres que piensan como yo? Mi madre era mi tabla de salvación cuando la tristeza apremiaba, ella era el refugio al que siempre podía acudir. Me consolaba yme escuchaba, diciendo de vez en cuando: “hija, no tengas tanta prisa, que tendrás tiempo para todo, hasta para cansarte”. Pero seguía sin entender. La respuesta amis preguntas la encon- tré en el feminismo. En los diferentes feminismos. Amedida queme graduaba las gafas violetas iba comprendiendo mejor el mundo que me rodeaba. Al mismo tiempo me vinculaba con el activismo antiprohibicionista y comen- zaba a dar mis pasos como periodista especializada en la política de drogas. Mi relación con los hombres continuaba. Con sus luces y sombras. En el ámbito profesional y activista he vivido diversos episodios machistas. Entre ellos, cobrar un salario más bajo que el de los hombres de mi oficina haciendo el mismo trabajo. Aprove- charse de una baja por maternidad para no renovar mi contrato cuando comenzaba a tener demasiado éxito el programa de sensibilización de género que coordinaba, una de las tareas para las que había sido contratada. “Tienes a las mujeres revolucionadas”, me decían (y eso que eran grupos mixtos). Participar en mesas redondas en las que todos los ponentes eran hombres excepto yo. El caso más sangrante ocu- rrió en Utrech. Era un seminario a puerta cerrada con veintitrés ponentes, todos hombres (a mí me dejaron colarme porque pensaban que era la secretaria de mi compañero). Me han llamado feminazi por preguntar en un taller cuál es el rol de las mujeres en los clubes sociales de cannabis. He pre- senciado cómo, haciendo yo la mayor parte del trabajo, el reconocimiento iba dirigido amis compañeros hombres. He tenido que insistir en negarme a propuestas sexuales cercanas al acoso porque, con el primer no, esos hombres no se daban por aludidos. A lo largo de mis treinta años de carrera, ha habido momentos en los que me he sentido discriminada, aco- sada, despreciada, ninguneada e, El sexo y las drogas se convirtieron en mi forma de reivindicarme en el mundo Se trata de colaborar, no de dominar 44 narcofeminismo La respuesta a mis preguntas la encontré en el feminismo (autor: Media Red Uruguay)

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