El Cultivador

H acía tiempo que coleccionaba las tapas de un yogur de fresa que me encantaba porque la empresa que los fabricaba anunciaba el sorteo de un viaje a Costa Rica. Como me comía unos treinta yogures de esos a la semana, decidí que mis posibilidades de ganar eran las suficientes como para tener esperanza… y gané. Por una vez en mi vida gané algo que era una simple cuestión de azar. Esto pasó justo en una época de mi vida en la que no me encontraba muy bien. La necesidad de huir lejos Mi mente estaba un poco saturada con todo lo que había pasado última- mente: Aura, mi amor de la infancia, me había pedido que investigara a mi padre por una supuesta vinculación con empresas de explotación de per- sonas; el bufete de mi padre, en el que yomisma trabajaba, tenía como clientes a algunas de estas empresas que estaban siendo investigadas por la ONG en la que trabajaba Aura. No era una decisión fácil: yo quería a Aura y también me consideraba una persona justa. Por otro lado, la relación con mi padre siempre había sido muy tensa. Nunca llegué a sentir su cariño y él siempre quería o esperaba más de mí. Pero, al fin y al cabo, era mi padre, y el hecho de traicionarle haciendo de espía para luego revelar información confidencial no sonaba tan ideal (incluso me podía meter en problemas legales), por muy loable que fuera la causa. También pensaba en mi madre: Esa preciosa mujer que solo se pintaba los labios de rojo cuando él se iba de viaje. La mujer que lloraba sobre la sopa pero que, por algún motivo, seguía ahí con él, profesándole una admiración y una lealtad infranqueables. Si él sufría alguna consecuencia en el caso de demostrarse su implicación con estas empresas, ella caería también. Por eso el viaje a Costa Rica llegaba en el mejor momento. Irse y romper con todo (al menos durante dos sema- nas) sonaba a justo lo que necesitaba. Un viaje para encontrarme Escapar para encontrarse y huir sabiendo que vas a volver, pero ya nunca igual. Algo en tu mirada cambia para siempre cuando te vas lejos y conoces un país nuevo. El descubri- miento de una cultura distinta que ha estado ahí, durante siglos, sin que tú supieras que existía, transforma tu percepción de las cosas: te conviertes en alguien mucho más permeable en todos los sentidos. Una forma nueva de hacer el pan, un acento suave que junta más la lengua y el paladar, un ritmo distinto a la hora de vivir la vida, un desayuno con otros ingredientes (en Costa Rica, la comida típica se llama “casado”) y un largo etcétera. Cuando viajas por el mundo, todo lo que aprendiste deja de ser la verdad absoluta que siempre creíste (lo que te dijeron tus padres, lo que aprendiste en el colegio, las experiencias que viviste en un contexto determinado…) para convertirse solo en otra versión de algo mucho más grande. Cuántas pieles, cuántas especias y especies, cuántos oficios, cuántas for- mas de existir… Solo nos une la pasión, el dolor, la esperanza o el miedo, y ni siquiera los sentimientos se experi- mentan igual en todos los lados. Uno se siente frágil e insignificante cuando comprende todo esto, pero a la vez poderoso por haber intentado comprenderlo. “Solo sé que no sé nada”, 76 diario de Carmina Texto: Isabel Peláez Fotos: Luis Campillo El descubrimiento de una cultura distinta que ha estado ahí, durante siglos, sin que tú supieras que existía, transforma tu percepción de las cosas Nunca imaginé que una demis actividades favoritas, chupar las tapas de los yogures (ya sé lo que estás pensando, pero cada uno es libre de decidir cuáles son sus aficiones) me iba a traer suerte. El viaje a Costa Rica Capítulo 4.º

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