El Cultivador

Adiós, Costa Rica Bueno, había pasado un tiempo genial en Costa Rica, qué más daba el sexo. Al final, le damos demasiada importancia y… ¡joder, es que vaya si la tiene! Pero yo me sentía completa: el agua de coco, las puestas de sol de color lava, las carreteras serpenteantes, el sonido de las marimbas… La lluvia y al rato de nuevo el calor punzante, la sensación de libertad que solo expe- rimentas donde nadie te conoce tanto como para poder juzgarte. Puedes ser quien tú quieras ser, hasta te puedes inventar una vida si te da la gana. Porque lo que hiciste o quién fuiste ya no importa, solo el tiempo gerundio. Estoy viviendo, estoy respirando, estoy bebiéndome un trago mientras todo lo demás pasa; y con eso basta. Flu- yendo, del verbo fluir. Y así, sin expectativas, llegué a La Fortuna para pasar allí mi último día antes de volver a San José y tomar el avión de vuelta. Y, por supuesto, el destino me tenía preparada una sor- presa. A eso me refiero. Todo cambia en un instante. Es la eternidad de los instantes la única eternidad posible. Mi bandolero Salí al único bar que había abierto en La Fortuna para disfrutar de mis últimas horas en Costa Rica, por aque- llo que dicen de que “me quiten lo bailao ”. De nuevo, conocí a unos catalanes que estaban pasando unos días allí, y me fui con ellos de fiesta. Uno de ellos era guapísimo y no paraba de coquetear conmigo, así que en mi interior yo ya sabía que esa noche había un plan (me sentíamás animada que la noche del canadiense). Y lo había, pero no el que yo me imaginé. Sentado en unos bancos que estaban dentro del propio bar estaba él. Mi bandolero, el hombre. Mulato y con una camiseta blanca de tirantes que resaltaba más aún con su cadena gorda de plata. Un pantalón marrón claro del color de sus ojos. Sí, eso era, sus ojos habla- ban sin necesidad de añadir más palabras. Te desnudaban, pero de una forma tan sutil que casi pedían perdón por ese derroche de sensualidadmes- tiza. “Perdón por mojarte sin ni siquiera haberte tocado, perdón por tener este cuerpo y estas manos y esta cara que representan todo lo que está prohibido en este mundo”. En la oreja, un pequeño pendiente también plateado, la sonrisa tan blanca 79 diario de Carmina Su voz rasgada, su nuez cóncava, su olor a marihuana recién cortada. Su pelo negro como el azabache, pero, sobre todo, su cicatriz

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