El Cultivador
que aún se hacía más apetecible que esa boca te mordiera. Pero no era nada de eso lo que me mantuvo ahí, mirán- dole durante aproximadamente cinco minutos sin poder moverme. Era una cicatriz que se cruzaba de repente en la parte derecha de su cara como el rastro de una estrella fugaz. Un rayo iluminando una noche de tormenta. Una línea preciosa que me recordó que la imperfección es la esencia de la belleza misma. Scarface , quiero fundirme contigo como si fuéramos queso en un micro- ondas. En mi mente le dediqué esta poesía mientras él fijaba sus pupilas marrones en mí. “Fóllame, pero dime que me quie- res… Fóllame por detrás, abriendo bien mis piernas y tirando de mi pelo. Pero luego, cuando me encoja en posición fetal y tu semen aún recorra mi espalda, dime que quieres fumar marihuana conmigo mientras el sol se pone y las nubes se vuelven violetas. Susúrrame que soy la más bella y la que tiene el cerebro más grande. Dime que todos los poetas se mueren por escribir versos sobre mi piel, con- fiésame que los pintores quieren que pose desnuda bajo la luz de una luna de plata. Fóllame como un pagano, pero adó- rame como si fuera tu Virgen María. Fóllame despacio, fóllame como un jodido loco, fóllame a todas horas mientras los demás comen y duer- men. Fóllame la mente, fóllame con tus palabras de filósofo insumiso y haz que esta noche la recuerde para siempre… Pero luego, no te olvides de decirme que me quieres. Aunque no me quie- ras. Si me lo dices, yo te creo. Si hoy me quieres, yo te quiero. Mañana ya veremos…” Dejé al grupo de catalanes y me acer- qué a él como si mis pasos fueran independientes a mi voluntad. Como si una fuerza, entiendo que la de la atracción, me llevase hacia él de forma irremediable. —Te estaba esperando —me dijo. —Bueno, me lo he pensado durante cinco minutos —le contesté. —Demasiado tiempo. Yo quería tenerte desde el momento en que te vi. Su voz rasgada, su nuez cóncava, su olor a marihuana recién cortada, su pelo negro como el azabache, pero, sobre todo, su… —Me gusta tu cicatriz. Sobre todo, su cicatriz. —A mí me gusta tu acento neutro de española conquistadora. —Tú me has conquistado a mí —le confesé. —Quiero besarte hasta que me duela la lengua. Esta noche he salido sabiendo que iba a encontrarte. Esta noche es nuestra. Al parecer, él también era un poeta. Un poeta bandolero. Un bandolero poeta. Nos fuimos a un hotel. A su casa no podíamos ir porque me dijo que vivía con unos amigos (en su móvil tenía una foto con una chica y un niño de unos cinco años). Sé de sobra que no era libre, pero yo me iba a ir y era demasiada la química que prometían la unión de nuestros ele- mentos. Y así fue. Mi bandolero convirtió una habita- ción cutre de hotel en la alcoba de unos faraones egipcios. Había velas y las encendió. Prendió un incienso y me pidió que me sentara cerca de él porque me quería hablar de muchas cosas. No sé cuántas horas pasaron con- tándonos nuestras vidas (por su parte con lagunas, claro está) hasta que no pudimos más y nos follamos como dos perros en celo. Lo siento, solo soy poeta cuando quiero. Hubo tanta ternura, tanta pasión, tanta saliva y tan pocos huecos sin excitar que tan solo con pensar en él y en esa última noche en La Fortuna se estremece todo mi cuerpo. Nunca olvidaré aquella noche estre- llada con el volcán de El Arenal siendo testigo de la fuga de dos amantes con vidas distintas y destinos también dife- rentes. Uno, apuñalado literalmente por la vida. Otra, yo, herida por dentro de tanto fingir, de tanto vivir contra las cuerdas en un mundo al que tenía que regresar en breve. No me llevé ni su número. Sabía que, de hacerlo, esa historia nunca hubiera acabado ahí; y yo aprendí en Costa Rica que a veces hay que soltar para seguir adelante. Que a veces, por muy intenso que sea el amor de una noche, solo es un instante que pasó para siem- pre en el momento en que cerraste la puerta y dijiste “adiós, que te vaya bonito”. Pero todo puede ser eterno en nuestra memoria. Cuando sea vieja y las arrugas me surquen la cara, pensaré en aquella noche de amor en La Fortuna con mi poeta, con mi bandolero de la cicatriz en la cara. Era el momento de volver, pero eso, amigos, ya será parte de otro capítulo. Se despide, atentamente, Carmina Delgado. 80 diario de Carmina Cuando sea vieja y las arrugas me surquen la cara, pensaré en aquella noche de amor en La Fortuna
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