El Cultivador

T ampoco podía refu- giarme en casas de amigos por la misma razón. Había que alejarse de los seres queridos para romper la cadena de con- tagio. De repente, todo mi mundo se paralizó. Todos mis planes, todo el sentido de mi vida, los proyectos profesionales en el bufete de mi padre, los viajes que ya tenía reservados… absolutamente todo se convirtió en un tiempo pasado que, por supuesto, me parecía mejor. Yo vivía libre y más o menos feliz pero no lo sabía. Pensar en lo que teníamos y no valorábamos Uno no se da cuenta hasta que pasa algo así. Hasta que un virus nos recuerda que los problemas de estrés en el trabajo, de no poder “comprarme un coche” o de “vivir en una casa más grande” y aquellos días en los que un chico que te gustaba no te hizo caso y tú lloraste sobre tu cama, sonmomen- tos que perdiste y que desaprovechaste en vez de valorar lo que sí tenías. Tu casa no era tan grande, pero mon- tabas lasmejores fiestas con tus amigos; no tenías un coche, pero ibas andando al campo y te fumabas un porro mirando cómo las nubes se entrelaza- ban mientras la tarde caía arrojando fuego sobre el cielo. No sé. El precio que vamos a pagar es alto, pero creo que este toque de atención nos va a venir bien para pensar en lo que realmente importa. Ojalá que nos hubiéramos dado cuenta sin que nadie hubiera tenido que morir en la soledad de un hospital atestado. El vernos obligados a parar –con el desastre que eso supone para nuestras economías y para nuestras mentes-– nos va permitir reflexionar un poco sobre cómo vivimos y sobre cuáles son nuestros valores. Puede que nos replanteemos cómo estamos asfixiando al mundo y sus recursos. Quizá dejemos de mirar a un lado cuando las cifras de niños que mueren diariamente en África por hambre (sí, en el sigo XXI) nos pillen cenando en el sofá de nuestro dúplex recién pintado. Ahora todos somos igual de vulnera- bles. Da igual lo rico que seas o en qué país hayas nacido. A veces pienso que voy a despertarme y que todo va a ser unmal sueño. Que voy a poder bajarme al bar de la esquina a tomar una caña y a hablar un rato con Manolo, el dueño, que siempre me pone doble tapa a la hora del vermú. O que voy a poder acariciar el pelo a mi madre mientras ella sonríe con ese pintalabios rojo que le mancha un poco los dientes. Incluso quiero abrazar a mi padre, aunque haya contado en otros capítulos que no tenemos lamejor relación del mundo. El otro día me llamó y me dijo: “Car- mina, te echo de menos hija mía. Te quiero y todo va a salir bien”. 76 diario de Carmina Texto: Isabel Peláez Fotos: Luis Campillo absolutamente todo se convirtió en un tiempo pasado que, por supuesto, me parecía mejor El viaje a Costa Rica llegó a su fin en el peormomento. Tenía que volver aMadrid y los casos de coronavirus se estaban multiplicando sin parar. Toda mi familia vive en esa ciudad y temía llegar y poderles contagiar la enfermedad o poner sus vidas en peligro. Es verdad que el país del que venía había registrado menos muertes y contagios, pero la gravedad del problema no podía medirse por las cifras oficiales porque ni siquiera se estaban haciendo muchos test. Sexo y amor en tiempos de virus

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1