El Cultivador
77 diario de Carmina Era la primera vez que me decía “te quiero”. Cuarentena en Barcelona Dramatizar la situación es fácil, porque cuando uno lee los periódicos hay poco lugar para el optimismo, pero al menos voy a contar lo que esta cuarentena me deparó en mi escala en Barcelona. Voy a contar lo bueno, porque lo bueno en realidad siempre está ahí. Hasta en las situaciones más compli- cadas afloran el amor, la amistad y el sexo. Es más, la prohibición, el distancia- miento o la soledad pueden convertirse en aliados para resucitar ciertos ins- tintos que a veces nos apaga el tedio de la rutina. La aerolínea me ofreció volar gratis a este destino y decidí reservar un hotel hasta que las cosas enMadrid volvieran a estar un poco mejor. Si volaba a la capital de España, nadieme garantizaba que pudiera volver a mi casa con nor- malidad y, como he dicho, ir a mi casa o a la de mis padres me parecía un acto de irresponsabilidad. Lo dicho, que me fui sin pensarlo a Barcelona a pasar el confinamiento en un hotel. Alquilé una habitación en el quinto piso, con jacuzzi y unas buenas vistas. Disponía de un balcón lleno de jazmines amarillos, con lo que al menos podía respirar aire libre e interactuar con los vecinos de otros edificios pró- ximos. Juan, el vecino de enfrente, también era de Madrid, pero llevaba en Barce- lona 30 años. “El amor, hija”. “Calla, Juan, que a ti de amor ya te queda muy poco”, contestaba entre risas su mujer, Bernarda. Pero no era verdad. Se podía ver por la forma en que compartían confidencias en su bal- cón atestado con los juguetes de los nietos. Un día salí a la ventana y pude ver cómo Juan metía su mano por el ves- tido-bata de su mujer mientras ella le besaba despacio. El caos puede resucitar pasiones apagadas por el paso del tiempo. A Juan, por lo visto, algo de amor le quedaba. Yo solía salir al mío con el bikini puesto para tomar algo de sol y beberme una copa de vino. Al menos, el servicio de habitaciones seguía funcionando y me traían la comida y la bebida a la puerta. Es cierto que podía salir a la calle para ir al supermercado, pero preferí no hacerlo de momento porque tampoco tenía la necesidad. no tenías un coche, pero ibas andando al campo y te fumabas un porro mirando cómo las nubes se entrelazaban mientras la tarde caía arrojando fuego sobre el cielo
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